domingo 31 de agosto de 2025 - Edición Nº 29.188

Información General | 11 jul 2025

Clase, género, edad

Salud, territorio y desigualdad: una mirada desde la medicina social

Cada 12 de julio se conmemora el Día de la Medicina Social. En un contexto de creciente desigualdad y retroceso de políticas públicas, dos investigadores del CONICET analizan cómo la salud está determinada por el territorio, el género, la clase y las condiciones de vida, y por qué pensarla como un derecho colectivo es, hoy, más urgente que nunca.


Durante décadas, Argentina forjó una identidad sanitaria con nombres propios que se volvieron bandera: Carrillo, Favaloro, Grierson. Pero también con políticas públicas que tejieron un entramado social: vacunación gratuita, hospitales abiertos, atención primaria en el territorio. Esa tradición -construida a fuerza de convicción, presupuesto y justicia social- hoy enfrenta un escenario donde el “sálvese quien pueda” gana terreno. Y ahí, la medicina social no solo resiste: se vuelve más urgente.

“Pensar la salud como un hecho individual, como si fuera una cuestión de esfuerzo personal, no alcanza. Hay condiciones estructurales que exceden cualquier mérito”, afirma a la Agencia CTyS-UNLaM Matías Ballesteros, investigador del CONICET y doctor en ciencias sociales. Su trabajo se centra en la relación entre salud y desigualdad, bajo un enfoque que entiende el proceso salud-enfermedad-atención-cuidado como una instancia atravesada por múltiples ejes: clase, género, edad, y cómo estas variables se combinan y profundizan entre sí.

En sintonía, la también investigadora del CONICET Natalia Tumas sostiene que “la salud se determina en gran parte fuera del sistema sanitario”. Y detalla: “Vivienda, alimentación, educación, trabajo, género… todo eso antecede y excede la atención que se pueda brindar en un consultorio”. Para Tumas, doctora en Demografía, el enfoque de la medicina social propone mirar más allá del síntoma y del tratamiento, propone mirar las condiciones de vida de la gente.

Ambos advierten que, lejos de tratarse de un problema del pasado, la desigualdad sanitaria se agrava. “Durante la pandemia hubo hogares con restricciones en el acceso al agua. ¿Qué posibilidad real de cuidado puede tener una persona en esas condiciones?”, reflexiona Ballesteros.

Junto a su equipo, por ejemplo, analizó durante el 2025 datos sobre el consumo de bebidas azucaradas en Argentina y encontró que quienes no tienen agua de red dentro del hogar consumen más gaseosas, incluso entre sectores pobres. “Ahí se ve claramente cómo las políticas públicas -en este caso el acceso al agua- inciden en la salud”, subraya.
Tumas coincide en esa mirada.  “Hay una estratificación territorial de la salud. No es lo mismo vivir en un barrio céntrico con múltiples servicios que en una zona periférica. Y eso condiciona desde el acceso hasta la percepción del riesgo”, desmenuza, en diálogo con la Agencia CTyS-UNLaM.

Una de las frases más citadas en los debates sobre determinantes sociales de la salud dice que “importa más el código postal que el código genético”. Tumas la retoma y la ejemplifica: “Una mujer con empleo informal, en un barrio sociosegregado, sin redes de apoyo, con hijos a cargo, difícilmente pueda ir a un control. Incluso  aunque el centro de salud sea gratuito y esté relativamente cerca. La inequidad se expresa en las posibilidades mismas de priorizar la salud”.


Las políticas que no parecen de salud, pero lo son

“Hay dos niveles de políticas sanitarias -explica Ballesteros-, las del sistema de salud en sí, y las que, sin ser sanitarias, impactan directamente en la salud. Ahí entran las alimentarias, las habitacionales, las educativas”. Por eso, reducir el rol del Estado en cualquiera de esas áreas termina afectando la salud de las poblaciones.
Las campañas que promueven estilos de vida saludables, aunque bien intencionadas, pueden volverse estigmatizantes si no contemplan las condiciones materiales de vida. “Decirle a alguien que coma sano o que vaya al médico es cruel si no tiene los medios para hacerlo”, señala Tumas. La salud, en ese marco, deja de ser una decisión individual y pasa a ser una cuestión estructural.

“No hay una pastilla que algún médico pueda dar y curar todo esto. Son problemas estructurales y requieren respuestas estructurales. No alcanza con el discurso de derechos si no hay presupuesto para sostenerlos”, refuerza la investigadora del CONICET.

El sistema sanitario argentino, fragmentado y con múltiples niveles de gestión, requiere una presencia activa del Estado nacional para equilibrar asimetrías. “Cuando Nación recorta en programas como el Remediar, que garantizaban medicamentos gratuitos en los centros de salud, son las provincias o los municipios los que deben responder. Y muchas veces no pueden”, explica Ballesteros.

En este sentido la conclusión de ambos es clara: la solución pasa por una mirada integral. “Hay que pensar en salud desde el transporte, la urbanización, la educación, el cuidado. Si el Estado se retira, la equidad desaparece. En Argentina hemos tenido muchos casos de éxito en este sentido: las políticas públicas universales, como las que impulsó Ramón Carrillo en los años ‘40 y ‘50, fueron clave para compensar desigualdades estructurales. Si hoy se desmantelan, se corre el riesgo de profundizar esas brechas y volverlas más difíciles de cerrar”, reflexiona Tumas.

Fuente:  www.ctys.com.ar

 

 

 

 

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