En América Latina, la ciudadanía viene pidiendo algo que parece simple, pero es difícil de sostener en la práctica: dirigentes que no improvisen. En ese clima de escepticismo, Iván Devanny Díaz Rojas, barranquillero de 31 años y candidato a la Cámara de Representantes por el Atlántico (Colombia), intenta posicionar un perfil que combina relato de origen, formación técnica y una idea central: trasladar la lógica del método —propia de la aviación y la gestión— al trabajo legislativo.
Nacido en el barrio Galán, en Barranquilla, Díaz Rojas construye su narrativa desde la movilidad social: a los 17 años inició su formación en la Universidad Autónoma del Caribe y obtuvo doble titulación como abogado y politólogo, una mezcla que le permite hablar tanto de institucionalidad como de realidad territorial. Sin embargo, su marca pública no se apoya solo en el derecho: también se certificó como piloto a los 29 años, y utiliza esa experiencia como metáfora de responsabilidad y toma de decisiones bajo presión.
En una entrevista reciente, el candidato planteó que en la cabina aprendió a seguir procedimientos claros, a verificar antes de actuar y a entender que cada decisión impacta en la seguridad de otros. Su traducción política de esa idea es directa: estudiar proyectos con rigor, escuchar a expertos y medir riesgos y beneficios antes de votar iniciativas. En tiempos de polarización y tendencias inmediatas, ese enfoque busca diferenciarse del “impulso” como forma de gobernar.
Pero el discurso del método necesita aterrizaje en problemas concretos. Y Díaz Rojas apunta a dos que atraviesan no solo al Atlántico, sino a gran parte de la región: seguridad y empleo juvenil. Sobre seguridad, plantea un enfoque preventivo basado en tres ejes: inteligencia y análisis de datos para anticipar el delito; tecnología aplicada en barrios (no como adorno, sino con capacidad real de reacción); y una justicia que funcione para evitar que la captura de delincuentes se diluya por fallas institucionales. En lugar de “mano dura” como consigna, insiste en sistemas de prevención y anticipación del riesgo.
En paralelo, coloca en la agenda un punto que suele quedar en el terreno de la retórica: el primer empleo. “Todas las empresas exigen experiencia, pero pocas están dispuestas a darla”, ha dicho. Su propuesta se orienta a incentivar y exigir vinculaciones de practicantes y pasantes con remuneración digna, defendiendo que el trabajo juvenil no puede seguir tratándose como mano de obra gratuita. Para Díaz Rojas, la discusión es estructural: si se cierra el camino de ingreso a la formalidad, aumentan la frustración, la informalidad y la vulnerabilidad social.
Otro componente de su planteamiento es la descentralización real del trabajo político. Afirma que el Congreso no puede seguir siendo una “burbuja en Bogotá”, y propone presencia territorial permanente con agendas fijas en barrios, corregimientos y municipios, además de mesas de trabajo con sectores sociales y seguimiento público a compromisos. En un contexto donde la representación muchas veces se reduce a campañas periódicas, la propuesta apunta a instalar un hábito: gestión y rendición de cuentas sostenida.
La figura de Iván Devanny Díaz Rojas refleja una tendencia creciente en la política regional: perfiles jóvenes que intentan disputar el espacio público con credenciales de formación y gestión, y con un relato que busca romper con la sensación de repetición. El desafío, como siempre, será el mismo que enfrenta cualquier candidatura emergente en Latinoamérica: convertir método en resultados y sostener coherencia cuando la coyuntura presiona a decidir rápido. En esa tensión —entre la urgencia social y la disciplina institucional— se juega buena parte de la credibilidad política de esta nueva generación.