jueves 27 de enero de 2022 - Edición Nº 29.188

Información General | 2 ene 2021

El 2 de enero es el Día Internacional del Policía, y recordamos los debates de los primeros tiempos de su creación en Argentina

Una efeméride que se originó en México a raíz de los sucesos ocurridos el 2 de enero de 1927.


Cada 2 de enero se celebra el Día Internacional del Policía en homenaje a los funcionarios policiales en servicio y fallecidos en el cumplimiento de su deber al velar por la seguridad ciudadana y el resguardo del orden público.

Esta efeméride se originó en México a raíz de los sucesos ocurridos el 2 de enero de 1927, cuando hubo un enfrentamiento entre presos del Penal de Andónegui en Tamaulipas (México) que dejó como saldo una baja considerable de funcionarios policiales.

En honor a esos policías se comenzó a conmemorar a los agentes del orden público desde el año 1932, aunque fuese conocido inicialmente como "Día del gendarme" y posteriormente como "Día internacional del policía".

Vale aclarar que además de existir un reconocimiento a nivel mundial, en Argentina se celebra el Día Nacional del Policía todos los 19 de abril.

Según el investigador Diego Galeano ("Entre el orden y la fuerza bruta: una historia política de la policía de Buenos Aires, 1852-1880"), "en los primeros años posteriores a la batalla de Caseros fue casi imposible separar a la Policía de Buenos Aires de su pésima fama rosista y mazorquera". 

A mediados de la década de 1870 el comisario Laurentino Mejías lamentaba que cuando los vigilantes trataban de reducir un hombre que se resistía a ser arrestado, el público “desaprobaba la actitud de los representantes del orden” e, inclusive, a veces intervenían en su defensa.

En septiembre de 1871 salió a la calle la primera entrega del periódico quincenal Revista de Policía, órgano de difusión de un grupo de empleados del Departamento Central y de las comisarías seccionales.

En esa época se terminaba el invierno que había logrado detener la epidemia de fiebre amarilla iniciada en el verano de ese mismo año en Buenos Aires.

Durante los peores meses de esa tragedia las comisarías estuvieron atiborradas por tareas de atención a la salud pública que realizaron en articulación con las juntas de higiene instaladas en las parroquias.

En ese contexto la policía tuvo que ejecutar una serie de acciones para atender las secuelas de la mortalidad masiva: expedir certificados de defunción, distribuir ataúdes, enterrar cuerpos en los cementerios, llevar a los niños huérfanos a los hospicios y transportar las ropas de los infectados a los “vaciaderos” en las que eran incineradas.

También tuvo que acompañar las medidas dictadas por el Consejo de Higiene, desde las “visitas domiciliarias” a las casas de inquilinato y el desalojo de las manzanas infectadas hasta las inspecciones en mataderos y saladeros. Para enfrentar las resistencias ante esas intervenciones, el gobierno provincial tuvo que autorizar el empleo de la fuerza pública.

La resistencia de la población a las medidas determinadas por los médicos y ejecutadas por los vigilantes dio lugar a un debate en la revista sobre el “antagonismo entre la policía y el pueblo”.

Las discusiones se iniciaron con una carta del comisario Lisandro Medina en la que instaba a reflexionar sobre las causas de esa enemistad.

Medina reprochaba la falta de colaboración de los ciudadanos a la institución que el estado colocaba para proteger sus vidas y sus bienes. En algunos casos, decía, "se esmeraban en entorpecer el trabajo de los vigilantes, abucheándolos cuando intentaban hacer uso de la fuerza o llegando al punto de formar espontáneamente grupos que intercedían para impedir los arrestos".

El comisario ponía el acento, una vez más, en la memoria de la Mazorca. El pueblo conservaba “reminiscencias” de la policía de los años de Rosas, “rememorando su pasada opresión”. De poco servirían los cambios de nombres en la institución mientras durara ese “funesto recuerdo”, raíz del recelo contra la policía porteña.

Otro de los redactores estables de la revista, Osvaldo Saavedra, intervino en el debate. En ningún momento puso en discusión la existencia del antagonismo, pero discrepaba sobre sus causas. Poco tenía que ver el recuerdo de la Mazorca: la oposición a la policía partía de “la gente de malos hábitos, la plebe”, que estaba reaccionando ante la “presión” de los procedimientos policiales.

Para dicho redactor, la hostilidad de “la gente del desorden” reflejaba más éxitos que fracasos de la policía. Era síntoma de su recto funcionamiento.

Poco después apareció en la revista una tercera posición que depositaba parte de la responsabilidad en los abusos cometidos por los propios vigilantes, algo que el autor, Marcelino Suárez, consideraba un atropello de las garantías individuales por parte de los individuos cuya misión era protegerlas. No era un problema de temores excesivos por los recuerdos de un pasado más o menos remoto, sino una efectiva continuidad de la tiranía en el presente.

La policía debía dejar de ser un “mero instrumento de los mandones” de turno, que la usaban como agentes electorales, y debía   alejarse de su fama de “látigo y ostentación de la fuerza bruta”. Esa policía que había sido el “brazo derecho de Rosas”, continuaba operando como agente ejecutor de medidas de dudosa legalidad.

La posibilidad de dictar una “ley de policía” que definiera mejor sus funciones, y que dispensara a los agentes del incómodo dilema entre acatar una orden ilegal o desobedecer al superior, fue un reclamo que se instaló en esta época y que sería ignorado por décadas, como señaló Galeano.

Muchas veces fueron los propios vigilantes los que pedían acabar con esa policía “despótica, arbitraria, estéril e impopular”, como escribía Saturnino Márquez, autor de un Manual de Procedimientos para mitigar el vacío dejado por la ausencia de una ley orgánica.

 

Misceláneas

 

Patrullero de 1934

 

Un nuevo tipo de ladrón apareció a comienzos de los años 30. Más violento, a partir de integrarse a bandas delictivas que usaban armas poderosas para asaltar bancos y transportes de caudales.La palabra “tiroteo” se hizo habitual y la policía se vio en inferioridad de condiciones.

Hacía falta equiparse, pero no había presupuesto. Por ese motivo, se organizaron reuniones a beneficio y rifas. Así fue como gracias a la “Colecta del Día de la Seguridad Pública” (en la que participaron desde empresarios hasta humildes vecinos), la Policía Federal renovó gran parte de su flota automotor. A mediados de 1934 se compraron cincuenta Ford V8, que fueron equipados con radios para que sintonizaran la LPZ, que era la radio policial. Pero lo más singular eran los vidrios blindados, con perforaciones en el parabrisas para que pudieran disparar a los malhechores (palabra que usamos porque a esta altura nos sentimos en un capítulo de Los Intocables) con carabinas Beretta. Suponemos que el buraco del conductor sería usado cundo el coche estaba detenido.

 

 

A los tiros

El 15 de julio de 1934 salieron a la calle, pero no hubo novedades. Mejor dicho, las hubo, pero los patrulleros no se enteraron. Se produjo un tiroteo (“malhechores”, “se produjo un tiroteo”… ya estamos contagiados por la terminología) entre un policía y cuatro ladrones que le robaron $ 4 a un trabajador en Las Heras y Lafinur (Palermo). Los delincuentes se internaron en el Jardín Botánico -no tenía rejas entonces- y lograron huir.

El auto con orificios para armas largas no demostró ser muy eficaz, sobre todo, por la poca maniobrabilidad de las carabinas: su radio de giro las limitaba. De todas maneras, las ventanitas fueron apreciadas en verano, ya que permitían una mejor ventilación interior. Eso sí: en el invierno siguiente comenzaron a cerrarse. Para siempre.

(Publicada en Costumbres, Policiales, Porteñas, Siglo XX por Daniel Balmaceda)

 

 

Roles

"El comisario de barrio era definido como un “delegado del jefe” y soberano policial en su respectiva sección. Tenía a su cargo dos tipos de servicios: uno llamado “interno” o “mecánico”, es decir, el servicio burocrático de la comisaría, y otro “externo”, la vigilancia callejera. Las tareas burocráticas tenían lugar en la casa de la comisaría, cuya localización debía establecerse en el centro geográfico de cada sección (obligación de fácil cumplimiento para las secciones céntricas, más difícil en el caso de los barrios alejados y directamente imposible en algunos suburbios). Además, debía permanecer abierta todo el tiempo “turnándose en este servicio el escribiente y los auxiliares, en las horas de ausencia del comisario” .El trabajo oficinesco giraba en torno de los escribientes, sobre quienes recaía la obligación de llevar el “orden de los libros”. (Publicada en "La ley de la policía: edictos y poder contravencional", por Diego Galeano.

La ley de la policía: edictos y poder contravencional. Ciudad de Buenos  Aires, siglo XIX

 

 

Un camión blindado para transportar dinero o detenidos a fines del Siglo XIX

 

 

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