Opinión
Vacunas y patentes, una discusión urgente: ser o no ser (accesible), esa es la cuestión

Info Blanco

Por: Dra. Aurelia Di Berardino – Prosecretaria de Posgrado de la UNLP

 

Breve estado de la cuestión

Uno de los platos fuertes de este tiempo pandémico, que más que tiempo ya es toda una era (¿pandemioceno?), es la discusión en torno a vacunas y patentes.

En líneas generales, se entienden por patentes aquellos derechos de explotación exclusiva que tienen como objetivo proteger e incentivar la innovación. Una de las patentes que está a la orden del día es la de las vacunas y un reclamo asociado, por supuesto, es el de liberarlas.

El argumento por la liberación de las patentes de este recurso hoy indispensable, insiste en que esta situación mejoraría el acceso a las vacunas en distintos puntos geográficos, en particular, en aquellos menos favorecidos.

El contraargumento plantea, en un sobrevuelo poco digno de un tema tan complejo, que el problema no reside en la suspensión -aunque momentánea- de las patentes, sino en la capacidad para producirlas en un tiempo suficientemente razonable para cubrir la demanda.

La discusión, a partir de aquí, crece como la hidra, el ser mítico cuya cabeza cortada daba lugar a otras dos, o al pequeño animalejo de la familia Hydridae cuya inusitada capacidad para regenerarse le vale la comparación con el monstruo griego.

Y esto porque mencionar la lucha libertaria de las patentes implica tomar partido o bien por las licencias obligatorias o bien por las licencias voluntarias (y todo el tejido de la legislación internacional que hay que desenredar para su mera plausibilidad).

Pero tomar partido por alguna de estas posibilidades implica habitar el territorio común de dar por zanjada la discusión sobre la propiedad intelectual y los/as beneficiarios/as de dicha propiedad.

Y por supuesto, tener saldada esta cuestión implica saber si es o no correcto unir, en una misma conceptualización “propiedad” e “intelectual”. Y este encadenamiento que solo ha tomado el curso que dibuja una cabeza de la hidra, presupone varias cuestiones no resueltas sobre las políticas de estado en torno a la ciencia y la tecnología, por citar un caso, o la desmesura global de la pandemia y las soluciones provincianas que se pretenden apliquen los países, parafraseando libremente una vieja idea de Ulrich Beck. O para ser directa, la imbricación entre ciencia, tecnología y sociedad.

El aliento nauseabundo de la hidra de Lerna nos anuncia la entrada al inframundo y aquí descendemos, desenredando la maraña capilar de las diez mil cabezas de este monstruo que nos deja todas las polémicas en el piso para que las juntemos con cucharita.

Receta exclusiva

Como habrán visto, la densidad argumental de este tópico amerita abrir la discusión y no resolverla. Yo solo tiro la piedra y escondo la mano porque vamos a ver, de esto, poco y nada.

En ocasión de los límites de mi comprensión del tema, me animo a presentar el comienzo de un diálogo con algunas notas anecdóticas que siempre vienen bien a la hora del mate o del café.

Etimológicamente hablando, patente viene del latín “patens, patentis” que significa ser accesible o estar abierto. Pero también proviene de las “letras patentes” que consistían en derechos reales concedidos a ciertos individuos en los negocios Si ya resulta interesante esta idea de un incentivo a la visibilidad de lo que sería propio de uno/a para que los “disfruten” eventualmente muchos/as, más peculiar se nos antoja el origen de una idea semejante.

Había una vez, en el siglo III a.C., una ciudad ubicada en el golfo de Tarento, Italia -colonia griega por entonces-, llamada Síbaris. Según un escrito citado por Ateneo de Naukratis, se concedían derechos de explotación a los creadores de platos culinarios y a quienes pergeñaran un nuevo lujo.

De aquí proviene nuestra palabra frecuentemente utilizada, “sibarita” que hace referencia a…¿qué cosa? Vamos a la RAE y sí, parece que nuestro término sibarita tiene que ver con la riqueza propia de esa ciudad sureña.

Otra cabeza de Hidra: riqueza, privilegios y exclusividad vienen juntas desde que el tiempo se hunde en la memoria o la memoria en el tiempo. Es que ya de tanto perder cabezas y ver crecer otras, ya no sé ni de qué va este lío.

De lo que sí estoy segura es que todo parece empezar en la cocina, y que de no haber sido por los platos deliciosos que degustaban los y las sibaritas, andaríamos repartiéndonos privilegios sin ton ni son. Que claro, que no serían privilegios porque lo que es de todos no es exclusivo de nadie.

Y aquí planto bandera mientras tomo unos mates con la Hidra a la usanza uruguaya porque ya sabemos que en el pandemioceno no se puede compartir ni un fruto de la madre tierra.

 

 

 

 

 



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