Por: Luciano "Lolo" Domínguez
Actualmente nos encontramos ante un proceso de radicalización de la burguesía que opera en el país (es decir, de los dueños de los grandes resortes de la economía). ¿Qué significa esto? Que esta clase social ha encontrado las condiciones para ampliar y profundizar su ataque contra quienes vivimos del trabajo, contra los explotados.
¿Cuáles son los objetivos? Continuar con la transferencia de recursos (asegurar su tasa de ganancia), desde los explotados hacia los explotadores. ¿Qué consecuencias trae? Destrucción del empleo, la salud y la educación. Enormes ajustes presupuestarios. El país ha dado un nuevo salto en empobrecimiento.
Con sus diferencias, cualquiera de ellos tiene como programa de gobierno mantener las relaciones capitalistas. Esta forma de organización social y de la producción -que tenemos naturalizada, al punto de llegar a creer que no existe otra- implica que pocos (la burguesía) se quedan con gran parte de lo producido socialmente.
Por lo tanto aquí hay un primer problema: la apropiación por parte de unos pocos de la riqueza social. Lo llamamos un problema de clase. Una clase social, la burguesía, se queda con lo que la otra clase social, los productores de esa riqueza, necesitan para vivir.
Y es un problema de características internacionales: el mundo completo se relaciona a través de un mercado mundial capitalista, o sea de relaciones de explotación. Por eso, la lucha de los explotados no es de características nacionales, sino internacionales. Porque la explotación se lleva adelante en un mercado mundializado.
La lucha de los "chalecos amarillos" en Francia (2018-2019), una expresión importante de la lucha de clases a nivel internacional en los últimos años.
Segundo problema: sumado a las relaciones de explotación, Argentina, como país atrasado tecnológicamente, se inserta en el mercado mundial como vendedor de productos primarios o derivados (agro, minería e hidrocarburos), e importador de productos industrializados (productos finales, insumos o maquinaria para la industria).
¿Por qué esa forma de “comprarle y venderle al mundo” (esa matriz productiva) implica un empobrecimiento para el país? Porque reproduce el atraso productivo, presiona a la baja sobre salarios y empleo, y profundiza el empobrecimiento de la mayoría trabajadora.
Analicemos esto traducido en datos objetivos: la productividad del trabajo en el país se derrumba.

Productividad del trabajo en Argentina, comparada con países desarrollados y de la región.
Analizar la productividad del trabajo es importante porque determina la magnitud de valor que puede generarse en un tiempo dado. Cuando la productividad cae, se reduce la masa de valor producida y se agudiza la presión sobre la fuerza de trabajo para sostener la ganancia, intensificando la explotación y el deterioro de las condiciones de vida.
La productividad media de un país es uno de los factores determinantes del precio final en el que un capitalista que opera en Argentina (nacional o extranjero) puede ofrecer un producto en el mercado mundial de bienes. Argentina no puede vender al mercado mundial (exportar) sus bienes industriales por su baja productividad.
Ahora bien, ¿Por qué es baja la productividad industrial en Argentina, si la explotación de los trabajadores/as alcanza un máximo histórico?
Aquí debemos ser claros: la responsabilidad es de la burguesía. Veamos por qué.
El salto hacia una productividad general (promedio) alta exige enormes inversiones:
• Infraestructura física: transporte, energía, puertos, logística integrada.
• Capacidades tecnológicas: maquinaria moderna, Investigación y Desarrollo (I+D), formación técnica de calidad.
• Escala y especialización: plantas de gran tamaño en sectores estratégicos, con integración vertical.
En Argentina, esas inversiones no se hacen: la lógica de la rentabilidad privada favorece actividades de bajo riesgo, orientadas al mercado interno, con retorno rápido y alta dependencia de importaciones, antes que proyectos industriales de largo plazo.
Transformar esa matriz requiere una planificación de conjunto de la economía: coordinar sectores, orientar el crédito, priorizar cadenas de valor con potencial exportador, y garantizar infraestructura y tecnología que reduzcan costos sistémicos.

Javier Milei y el billonario Elon Musk, anunciando inversiones millonarias en Argentina, que nunca se concretan.
Lejos de esto, el Estado argentino, dirigido por la burguesía desde su fundación, sostiene la lógica capitalista de la anarquía de la producción: múltiples empresas compitiendo desordenadamente en ramas similares, políticas industriales discontinuas, y regímenes de promoción que garantizan ganancias extraordinarias sostenidas con salarios de pobreza.
El Estado le asegura a la burguesía las divisas (dólares) y subsidios que su estructura industrial no genera, y para eso contrae deuda sistemáticamente, que luego pagan los trabajadores. Gran parte de esas ganancias se fuga al exterior o se invierte en actividades especulativas.
Por lo tanto, los trabajadores/as de Argentina sufrimos un doble pinzamiento de características internacionales y nacionales que desde hace décadas nos empobrece. La explotación capitalista, que compartimos con el resto de los trabajadores/as del mundo; y el atraso tecnológico, que le otorga al país el rol en el mercado mundial de exportador de materias primas o productos semi-elaborados.
Una transformación de fondo, histórica, que permita cambiar la tendencia al empobrecimiento de décadas, requiere desplazar a la burguesía del control del Estado, y socializar los grandes medios de producción, con una participación activa de los explotados y explotadas.
¡Viva la lucha internacional de los trabajadores y trabajadoras del Mundo!