martes 21 de julio de 2026 - Edición Nº 29.188

Opinión | 20 jul 2026

Perspectivas

América Latina: las derechas ganan mientras Estados Unidos tambalea

Los triunfos electorales obtenidos por las derechas latinoamericanas están lejos de consolidar un proceso irreversible.


Por: Carlos Raimundi

América Latina asistió hace casi una década a una temporaria restauración neoliberal afincada en el triunfo de Mauricio Macri en Argentina, la destitución de Dilma Rousseff en Brasil y el regreso de Sebastián Piñera a la presidencia de Chile. Tras ella, hubo quienes se refirieron a una suerte de “segundo turno o segunda oleada progresista”, tomando como guía las presidencias de AMLO en México, de Alberto Fernández en Argentina, el retorno del MAS en Bolivia tras el golpe de estado de 2019, y los triunfos electorales de Gabriel Boric en Chile, de Gustavo Petro en Colombia y de Lula en Brasil. Si bien es cierto que hubo victorias electorales de expresiones progresistas, ellas reposaban en una tendencia estructural, subterránea, de crecimiento de las ideas de derecha.

Los análisis políticos suelen centrarse en planos diversos, muchas veces simultáneos, no siempre coincidentes y no por ello menos verdaderos. Uno de ellos, el más visible en la superficie, es el de la crónica diaria de los hechos, las “noticias”. Pero, frecuentemente las noticias nos dificultan la posibilidad de visualizar las tendencias más estructurales sobre las cuales esas mismas noticias, por más ciertas que estas sean, se apoyan.

Quizás el ejemplo más claro sea el triunfo electoral de Lula en 2022. Él superó en primera vuelta a Jair Bolsonaro por más de 6.200.000 votos. Y, además, Simone Tebet y Ciro Gomes, ambos ex ministros de Lula que ocuparon el 3er y 4to lugar respectivamente, declararon inmediata y categóricamente que votarían por él en la segunda vuelta. Sin embargo, esa directiva no se trasladó linealmente al comportamiento de sus 8.500.000 votantes. Con ese aporte, Lula obtuvo únicamente 3.000.000 de votos más que en primera vuelta, y Bolsonario creció en más de 6.500.000 votos. La victoria de Lula fue defensiva: tuvo que conformar una alianza muy amplia y heterogénea para detener el avance de la derecha más radicalizada. Es decir, lo que se observó es, al mismo tiempo, la victoria de Lula como noticia, y la capilarización social de la derecha, como tendencia.  

En esta línea de razonamiento, asistimos hoy a una nueva etapa de triunfos electorales reiterados de las opciones de derecha, a saber, en Ecuador, Argentina, Panamá, Chile, Bolivia, Honduras, Costa Rica, Perú y Colombia. A lo que se suma la intervención directa de los Estados Unidos en Venezuela que interrumpió el mandato de Nicolás Maduro y la amenaza extrema del país imperialista y la consecuente crisis humanitaria en Cuba. En todos los casos, en estos dos últimos y en los procesos electorales citados anteriormente, la injerencia del gobierno de Donald Trump fue determinante. Y hoy estamos en condiciones de reconocer que en ellos operó además la manipulación de votos por parte de las empresas tecnológicas aliadas a ese gobierno. 

De esto podríamos inferir que quienes profesamos ideas transformadoras de la estructura de poder neocolonial, de nuestra condición de países dependientes y profundamente no-igualitarios, tenemos motivos suficientes como para ser pesimistas, al menos en el corto plazo. Y esto es predominantemente así.

No obstante, así como en su momento los triunfos electorales del progresismo no implicaron por sí mismos la transformación de la realidad a favor de los intereses de las mayorías populares, estas victorias más recientes de las derechas no tienen por qué ser necesariamente duraderas. Porque la realidad no va a depender sólo de ellas, sino también, y fundamentalmente, de la tendencia estructural hacia donde se dirija la etapa política que transitamos.

Planos de análisis diversos

Aquí es donde conviven tres planos de análisis. El de los resultados electorales es el más visible, pero descansa en un segundo nivel que es el malestar crónico de nuestros pueblos. Y a su vez, se apoya en la férrea dependencia de estos gobiernos de derecha respecto de la promesa de ayuda financiera de Donald Trump. Por lo tanto, el futuro político de Trump adquiere una importancia primordial en el devenir político de nuestra región, y es aquí donde se abre el intersticio para poner en cuestión nuestro pesimismo, porque el futuro de Trump no es alentador para él, para su gobierno y para sus políticas.

Los Estados Unidos, como causa y a su vez como prueba de su declinación paulatina, pero al mismo tiempo irreversible y estratégica, han incurrido en al menos tres errores de cálculo de carácter fundamental. Del primero de ellos no puede culparse a Trump, sino al “Deep State”, a la dirección profunda ejercida por los grandes capitales financieros, fondos de inversión y empresas estratégicas –petróleo, armamento, laboratorios- que gobiernan los destinos del país con prescindencia del partido político que ocupe la presidencia. Y es la guerra de Ucrania.

Planteada durante el gobierno de Joe Biden como un camino para debilitar indirectamente a China intentando afectar su estrecha relación con Rusia al atacar militarmente a ésta y aplicarle sanciones económicas para deponer al gobierno de Vladimir Putin, los resultados fueron exactamente los opuestos. No sólo Rusia se fortaleció en sí misma y profundizó su relación con China, sino que el área dólar de los contratos internacionales se retrotrajo y se resintió la alianza estratégica de los Estados Unidos con Europa.

El segundo gran error de cálculo, esta vez sí atribuible a Trump, fue su ofensiva arancelaria. El encarecimiento del comercio internacional afectó primordialmente al primer importador mundial, causando inflación interna. Pero, además, conmovió la relación de Trump con las propias empresas de capital estadounidense vinculadas a las cadenas globales de suministros, que se vieron perjudicadas por sus medidas proteccionistas.

Y el tercer error fue la guerra de Irán. El cierre del estrecho de Ormuz encareció sustancialmente el precio del galón de gasolina en EE.UU. (como en el resto del mundo), impactó aún más sobre los precios internos y resintió el humor de la población. Además, el desplazamiento a miles de kilómetros de portaaviones, ojivas misilísticas, toda una flota de aviación militar y su reaprovisionamiento de combustibles, implica un costo en millones de dólares que se desvían del presupuesto asignado para cubrir necesidades sociales domésticas.

Lejos del horizonte que generó la grandeza del país, cada vez es mayor el deterioro social, económico y espiritual de su población, y menor el porcentaje de los habitantes de los Estados Unidos que se sienten parte del viejo “sueño americano”. El declive estratégico de los Estados Unidos no se percibe únicamente en su pérdida de influencia a nivel global, sino que está generando consecuencias al interior de su estructura económica, social y política.

Proporcionalmente, crece la relevancia y el semblante de prestigio de China en el mundo; el encuentro entre Trump y Xi Jimping en Beijing fue testimonio de ello. Xi, con ventaja en la disputa tecnológica, centró su discurso en dos cuestiones, Taiwán y la trampa de Tucídides. En el primer caso su mensaje fue “en Taiwán no te metas”. Y respecto a lo segundo, esa construcción intelectual de occidente de que la disputa entre una potencia en declive y otra en ascenso que la desafía no puede ser otra que una guerra, China le demuestra al mundo a partir de las enseñanzas de Sun Tzu, que ha sido la principal beneficiaria de los últimos grandes conflictos sin involucrarse de manera directa en ellos. Fue su manera distinta del imperialismo financiero occidental de relacionarse con el mundo, basada más en la persuasión y el consenso que en la amenaza y la violencia, la que le dio esa posibilidad.

América Latina y el Caribe

Los mejores analistas internacionales coinciden en afirmar que esta pérdida de hegemonía a nivel global lleva a los Estados Unidos a replegarse sobre su zona de influencia más cercana y reforzar su control sobre América Latina y el Caribe. Esta versión, que está explicitada claramente en el documento de Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 2025, no sólo califica como propios a los recursos estratégicos y los materiales críticos que alberga América Latina para utilizar en su disputa con China, sino que incluye el control sobre el Ártico y sobre la Antártida.

La inteligencia artificial, uno de los campos principales de esta disputa, no implica únicamente el cambio en los hábitos de vida y las relaciones de trabajo y producción. Por un lado, comprende además asegurarse el control mediante la adhesión de la región a sus estándares tecnológicos, en el proyecto que han denominado “Pax Sílica”. Y se traduce también en insumos materiales como el agua, el cobre, el litio y otros materiales críticos que los Estados Unidos necesitan suministrarse y no dudan en someter a nuestros pueblos para lograr su objetivo, porque para ellos, tanto para su gobierno como para sus empresas, está en juego su rol en la gobernanza global. 

Todo esto no generará otra cosa en nuestros territorios que extractivismo, depredación del medioambiente, exclusión y ajuste social, es decir, malestar.   

Ese malestar se acaba de expresar en fuertes protestas sociales en Chile y Ecuador, además de las cuantiosas movilizaciones que se van acumulando contra el gobierno de Javier Milei. Pero fundamentalmente se dan en Bolivia, a pocos meses de que Rodrigo Paz Pereira asumiera la presidencia y se alineara incondicionalmente detrás de Trump.

Se han perdido las elecciones presidenciales en Perú y en Colombia, por un margen muy estrecho. Y eso, entre otras cosas, pone al descubierto que hay resortes fundamentales del poder efectivo que las expresiones populares distan mucho de controlar, como los organismos encargados de garantizar la trasparencia electoral.

Pero tanto en Perú como en Colombia, han quedado instaladas sendas estructuras político-electorales con base ideológica, social y territorial de corte popular y progresista. Hace tres años, luego del derrocamiento de Pedro Castillo en Perú, dichos sectores habían quedado materialmente dispersos y políticamente muy debilitados. La candidatura de Roberto Sánchez ha permitido conformar un frente social, político y electoral más homogéneo, y con una presencia significativa en el nuevo Parlamento bicameral.

Colombia era hace menos de una década un país que, luego del asesinato de Jorge Eliezer Gaitán en 1948, quedó a merced de la violencia. Sólo una parte mínima de la política institucional se debatía a través de la palabra y la acción pacífica, y era sólo entre la fracción de la derecha más liberal y la más conservadora. La otra gran cuota de poder en el país se disputaba entre cinco sectores armados, con alianzas y desavenencias temporarias entre sí y con violaciones sistemáticas a los derechos humanos: las fuerzas armadas regulares, la guerrilla del ELN, la de las FARC, los paramilitares y el narcotráfico. Hoy, no obstante la derrota de Iván Cepeda, queda una estructura de base social y territorial y con expresión electoral, que representa al 50% de la sociedad, lo cual era impensable una década atrás.

La propia situación de Venezuela abre un signo de interrogación. ¿Quién podría afirmar que el presente, signado por la criminal intervención de los Estados Unidos pero al mismo tiempo por la persistencia de la revolución bolivariana en el gobierno, es menos promisorio, o mejor dicho expectante, que la situación anterior, signada por el bloqueo, la inestabilidad, el aislamiento y el desprestigio externo, la polarización y el riesgo permanente de invasión y crisis humanitaria?

En Brasil, luego de una riesgosa paridad en las encuestas, Lula parece haber recuperado su primacía sostenido no sólo por su fuerte imagen personal y sus políticas públicas, sino también por la endeblez de la estructura opositora y la torpeza de sus últimas maniobras. En México, el gobierno de MORENA parece consolidado.

Y cuando nos dicen que la dureza de las medidas invasivas e imperialistas de Trump consolidarán a América Latina y el Caribe como su “zona de influencia” en detrimento de la incidencia China, mi opinión es que a mediano y largo plazo, el predominio chino fundado en sus grandes principios de cooperación mutua, el aprovechamiento común de los bienes de la humanidad y el respeto a la soberanía y a cada una de las tradiciones nacionales se sobrepondrá al ajuste y las amenazas del imperialismo estadounidense y noratlántico. Además, materialmente, será muy difícil detener el impulso del puerto de Chancay en Perú, y su conexión con los puertos de Brasil en el Océano Atlántico a través de las vías férreas que se están construyendo, así como la presencia china en el Canal de Panamá, sus inversiones en Chile o los dispositivos de alta tecnología que ya se han instalado entre nuestros hábitos de consumo. China llegó a América Latina para quedarse.

Ahora bien, esto no asegura por sí mismo el bienestar de nuestros pueblos. Si Perú y Colombia no consolidan con inteligencia sus opciones populares, si Brasil no da continuidad e institucionaliza los grandes lineamientos del liderazgo de Lula más allá de su figura personal, si Bolivia no encuentra una síntesis política que sortee virtuosamente el riesgo de que la protesta social se convierta en crónica, se desgaste internamente y entre en un cono de inercia que la torne inocua… Y si en Argentina, la dirigencia del movimiento nacional y popular no formula una propuesta que irradie nuevamente esperanza en su base social, será nuestra propia falta de estrategia la que nos dejará sometidos y sin personalidad propia, a la disputa de un imperialismo en franca decadencia y un bloque de poder emergente que buscará legítimamente su propio beneficio.

Ha ganado la derecha, esa es la noticia. Pero el malestar producto de sus políticas de ajuste continúa y se acumula, ese es el segundo nivel. Y como éste deriva de la sumisión a la estrategia de Donald Trump y el prestigio de éste está en franca descomposición, me atrevo a proponer una tenue luz de expectativa en medio de la oscuridad en la que nos sumerge el actual clima electoral. Porque cuando la crónica que relata las noticias, lo electoral, que es lo que aparece en la superficie, se contrapone con las tendencias subyacentes más profundas, el malestar social profundo, el rumbo histórico que prevalece es el de estas últimas, no el de las malas noticias. 

La oportunidad está. Pero, a diferencia de la primera oleada progresista, cuando nuestros gobiernos populares desafiaron, pero no desplazaron al bloque dominante de poder, esta vez se requieren cambios más profundos. La crisis de las izquierdas, el desencanto o la llamada “insatisfacción democrática” que incluye también a los gobiernos populares, no se debe a su radicalidad en la confrontación con los poderes establecidos, sino precisamente a la falta de ella, a su debilidad. A no haber actuado con el coraje suficiente para enfrentarlos convocando a nuestros pueblos a una épica. El sociólogo Emanuel Bonforti sostiene que “la posmodernidad hizo un gran negocio cuando convenció al progresismo de que los grandes relatos habían muerto. El resultado es una izquierda que gestiona la vulnerabilidad con más habilidad que la que tiene para imaginar la emancipación”. El auge de las derechas, su ostentación de poder, su prepotencia en la batalla por el sentido puede hacer que interpretemos la convocatoria a la épica, que no es otra cosa que el desafío de construir nuestra convivencia democrática desde nuevos paradigmas, como una quimera. Pero está comprobado que no hay otro camino.

 

 

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