viernes 2 de octubre de 2026 - Edición Nº 29.188

Opinión | 2 oct 2026

Perspectivas

Inteligencia Artificial, interna de Silicon Valley y matrices del sentipensar en el marco de la disputa geopolítica mundial

De lo que no hablan algunos especialistas. Las configuraciones ideológico-culturales que pretende construir cada esquema de poder a nivel mundial.


Por: Jonathan Prueger

Hay algo preocupante de la mayoría de los abordajes que se vienen realizando en torno al proceso plataformización acelerada y profundización de las mediaciones digitales y algorítmicas en la que nos encontramos (y que nos gusta fetichizar bajo el mote de “Inteligencia Artificial”). La mayoría de las producciones analíticas escatiman información en torno a los lineamientos geopolíticos en disputa. Particularmente en lo que respecta a Silicon Valley solemos encontrar una perspectiva homogeneizante que lo reduce al sector neorreaccionario capitaneado por Peter Thiel o, en el mejor de los casos, una perspectiva que reconoce la interna, pero no profundiza en la caracterización de los intereses del sector globalista-demócrata en disputa con este primero.

No alcanza con analizar el ajedrez mundial en términos de porcentajes que detenta esta potencia o esta empresa en términos particulares, sino de poner a todos los actores importantes en el tablero y ordenarlos en función de los esquemas de geopolíticos de poder en pugna. El escenario es por demás complejo, pero si a esa complejidad le sumamos que quienes nos dedicamos al estudio de la gran transición en la que encontramos no aportamos herramientas precisas de diagnóstico general, la confusión se profundiza y más regalados quedamos frente a los distintos proyectos de dominación imperial. 

Para mapear este tablero no basta con repetir el mantra de la “competencia tecno-económica”. Es preciso entender que el propio centro imperialista occidental atraviesa una severa fractura orgánica. Por un lado, hallamos al bloque globalista-demócrata, históricamente asentado en la alianza entre Wall Street, las burocracias supranacionales y el Silicon Valley tradicional. Este proyecto —que financió y moldeó el primer gran escalamiento de las plataformas digitales— concibió la mediación algorítmica como una red de alcance cosmopolita, maridada con la retórica del consumo multicultural, el progresismo discursivo y la gobernanza global. Para este sector, la captura de la subjetividad opera bajo la ilusión del consenso, la inclusión simbólica y la persuasión blanda.

Por otro lado, y gestado en las entrañas de esa misma catedral tecnológica, emergió el sector neorreaccionario (NRx). Encabezado por figuras como Peter Thiel, Elon Musk y los ideólogos del aceleracionismo de derecha, este bloque rompió filas con el consenso globalista. Rechazan la retórica progresista a la que consideran una envoltura ineficiente y apuestan por una alianza explícita entre el capital tecno-industrial, el complejo militar-inteligencia y un modelo político abiertamente autoritario o corporativo. La mudanza de buena parte de este ecosistema hacia estados como Texas o Florida durante la pandemia no fue un mero trámite impositivo: fue la consolidación territorial de una facción que busca disciplinar lo psicosocial no ya desde la seducción discursiva, sino desde la aceleración técnica, la exacerbación de afectos primarios (odio, miedo, resentimiento) y el control vertical del espacio digital.

Reducir la tecnología a una herramienta neutral evita ver que lo que hoy se despliega en las pantallas de nuestros teléfonos es la arena donde estas dos facciones disputan la hegemonía de Occidente en lo psicosocial. 

Hegemonía no es homogeneidad 

Hacia nuestros días, el sector neorreaccionario detenta la conducción de Silicon Valley. Sin embargo, resulta imprescindible precisar, desde una distinción de raigambre gramsciana, que la hegemonía de un bloque no equivale a la homogeneidad irrestricta de la clase tecno-capitalista. Si bien la facción neorreaccionaria ha logrado reconfigurar el clima de época en Silicon Valley —imponiendo un sesgo autoritario, disciplinando a la fuerza de trabajo tecno-progresista y desplazando los consensos de la década anterior hacia un alineamiento directo con el complejo militar-estatal estadounidense—, esta hegemonía discursiva y política no anula la fisura geopolítica de los Gigantes Tecnológicos. Confundir la capacidad de un sector para fijar la agenda política en la coyuntura con una integración monolítica obtura la comprensión de las contradicciones de fondo que persisten en torno a los modos de acumulación, las cadenas de valor y el control geopolítico de la infraestructura técnica.

Lejos de un consenso unánime, el ecosistema de las corporaciones tecnológicas se tensiona entre dos vectores estratégicos divergentes. Por un lado, el bloque neorreaccionario y aceleracionista, impulsado por actores como Marc Andreessen (a16z), Elon Musk (xAI), Peter Thiel (Palantir) o Palmer Luckey (Anduril), promueve una desregulación radical, la instrumentalización del código abierto como arma de soberanía nacionalista y la captura del aparato estatal para subordinar la IA a la doctrina de la defensa militar. Por otro lado, opera una vía globalista e institucional —encabezada por gigantes de la escala de Microsoft, Anthropic y Google/DeepMind— que, en consonancia con marcos supraestatales como el EU AI Act europeo, pretende encauzar el desarrollo técnico bajo las banderas de “la seguridad de la IA” y la gobernanza ética. Esta segunda vía no responde a un altruismo ingenuo, sino a una estrategia de captura regulatoria orientada a imponer barreras normativas de entrada, proteger oligopolios trasnacionales y resguardar cadenas globales de suministros altamente interdependientes frente a las aventuras autárquicas del aceleracionismo.

La irrupción del esquema multipolar

Pero la geopolítica de la Inteligencia Artificial no se agota en las fronteras de California. La miopía eurocéntrica o euro-norteamericana suele omitir que el monopolio occidental de la técnica ha saltado por los aires. La irrupción del bloque multipolar, liderado tecno-industrialmente por la República Popular China y articulado en el espacio de los BRICS+, plantea un desafío estructural al esquema de valorización e influencia de Washington y sus corporaciones.

China no solo ha desplegado un modelo de «socialismo de mercado» respaldado por la banca estatal, la infraestructura física de la Franja y la Ruta (de la seda), y la soberanía monetaria a través del Yuan Digital. En el plano puramente tecnológico, encarna lo que algunos analistas como Gabriel Merino caracterizan como un verdadero “Momento Ford”: la capacidad de alterar cualitativamente la escala de eficiencia, costos y despliegue masivo de tecnologías de punta (desde la Inteligencia Artificial hasta la transición energética). Esta irrupción obliga a relativizar el mito del capitalismo de plataformas como una fatalidad puramente anglosajona. La disputa hoy es de escala planetaria, y la infraestructura que conecta nuestros datos y nuestros psiquismos está atravesada por la tensión entre un modelo transnacional financiarizado, una deriva neofascista corporativa y un capitalismo de Estado fuertemente centralizado.

De la «Guerra Cognitiva» a la captura del sentipensar

Es en este cruce de caminos donde se vuelve urgente desmontar los diagnósticos que nos venden los think tanks centrales. En años recientes, organismos como la OTAN han puesto de moda el concepto de “Guerra Cognitiva”, definiendo la mente humana como el nuevo dominio de combate. Sin embargo, comprar esa categoría sin beneficio de inventario constituye un severo error epistemológico.

Al definir la disputa en términos puramente cognitivos, estamos cometiendo el mismo pecado que la Ilustración: suponer que el ser humano es un mero procesador de información, un agente racional que decide en función de datos. Y la realidad es que la potencia del actual dispositivo algorítmico no reside en su capacidad de captura cognitiva, sino en su capacidad de perforar la capa de la cognición para operar sobre las profundidades del inconsciente y la afecto-emotividad precognitiva.

Los algoritmos de recomendación y las arquitecturas de inteligencia artificial no dialogan con la cognición del sujeto; modulan su reactividad, administran sus vacíos emocionales, explotan su intolerancia a la frustración y suscitan su deseo antes de que este pueda articularse en lenguaje. Lo que está en disputa no es solo la «información» que consumimos, sino la matriz misma del sentipensar a partir de las mediaciones digitales y algorítmicas. 

Decía Orlando Fals Borda —revisando la sabiduría de las culturas populares latinoamericanas— que las comunidades originarias y mestizas nunca separaron la razón del sentimiento: se piensa con el corazón y se siente con la cabeza. Ese ensamble integrado entre cuerpo, afecto, territorio y razón es, precisamente, lo que la gubernamentalidad algorítmica busca fragmentar. Al disociar la emoción de la reflexividad, el dispositivo tecno-capitalista produce un sujeto hiper-reactivo, colonizado por pasiones tristes y aislado en burbujas de confirmación.

Articulación de los esquemas geopolíticos con las matrices ideológico-culturales

Las disputas por la hegemonía mundial y el control de la infraestructura algorítmica no operan como fuerzas puramente abstractas o tecno-económicas; se encarnan en el plano social mediante la configuración de matrices ideológico-culturales específicas que disputan el sentido común, la afecto-emotividad y la organización de la vida cotidiana. Cada proyecto geopolítico en pugna despliega su propia pedagogía del poder:

El esquema geopolítico globalista articula y pretende institucionalizar una matriz ideológico-cultural de corte progresista o socialdemócrata. Asentado en una pretensión cosmopolita e ilustrada, este bloque apela a un sujeto interpelado desde la racionalidad discursiva y la deliberación reflexiva. Su estrategia de cooptación y pacificación social se basa en la hiperdiversificación identitaria, el multiculturalismo tolerante y la funcionalización desradicalizante de causas liberacionistas —como el feminismo, el ecologismo e, incluso, las reivindicaciones indigenistas—. Al despojar a estas luchas de su potencial anticapitalista y descolonial, las reconvierte en nichos de consumo simbólico, retóricas del deseo hedonista y batallas puramente gramaticales que no alteran la estructura de valorización del capital financiarizado.

El esquema geopolítico neorreaccionario —en abierta insurgencia contra la hegemonía globalista— configura una matriz neoliberal, tradicionalista, nacional-conservadora y fundamentalista. Sabiendo que el progresismo discursivo dejó vacante el terreno de las necesidades materiales y las afecto-emotividades, este bloque opera con enorme plasticidad sobre las pasiones tristes: canaliza la frustración, el hambre, la precarización y la incertidumbre a través de afecto-emotividades primarios como el odio, el miedo al extraño y el resentimiento social. Al hibridar el ultraliberalismo económico con un relato autoritario, xenófobo y de restauración moral-religiosa, este proyecto halla una afinidad inmediata con la reactividad inmediata que potencian los entornos algorítmicos.

El esquema geopolítico de los BRICS+, por su parte, posee una dinámica cualitativamente distinta. Al no responder a una pretensión universalizante de imposición cultural uniforme sobre las formaciones sociales occidentales, no busca imponer un modelo ideológico-cultural homologado por fuera de la polaridad ya instalada en Occidente. Hay registros en dónde este esquema se manifiesta en afinidad con la matriz progresista. Sin embargo, su irrupción multipolar produce un quiebre en la arquitectura de dominación imperial que abre un margen de maniobra inédito para el encumbramiento de las matrices nacional-populares, en el Sur global y en América Latina en particular.

Estas matrices nacional-populares —lejos de dejarse encorsetar en la falsa opción entre el progresismo cosmopolita y la reacción neofascista— exhiben una capacidad de integración en la diferenciación profunda. En ellas no hay contradicción entre la búsqueda de libertad e igualdad; la valoración de la tradición no toma un cauce conservador ni obtura la deconstrucción de las opresiones; y la rigurosidad del conocimiento científico convive de manera armónica con una espiritualidad comunitaria y no dogmática. Es en esa plasticidad donde reside la reserva ontológica y afectiva de los pueblos del Sur para ofrecer resistencia y proyectar soberanía.

Salir de la trampa: hacia un diagnóstico propio

Si desde el Sur global seguimos analizando el fenómeno de la Inteligencia Artificial con las categorías prestadas del positivismo tecnológico o con la fascinación ingenua por las novedades de Silicon Valley, continuaremos siendo meros espectadores —y víctimas pasivas— de una guerra que no nos pertenece, pero cuyos daños colaterales pagamos a diario.

El desafío de la época para el pensamiento crítico y descolonizador latinoamericano no es conformarse con no ser tecnofóbico ni tecnofílico. El desafío es desfetichizar la técnica: entender de qué manera los algoritmos operan como mediaciones materiales de proyectos imperiales concretos (no solo en lo económico, sino también en lo ideológico-cultural), comprender qué es lo que logran afectar y neutralizar de nuestras profundidades psíquicas —lo cual es sumamente acuciante en tiempos donde necesitamos reinventar el humanismo (no antropocéntrico) de nuestra época y las ciencias sociales se encuentran frente a la consolidación de un giro afectivo— y, al mismo tiempo, recuperar la densidad de nuestras propias matrices nacional-populares, cuyo potencial detenta más vigencia que nunca. 

Se trata de preguntar, con severa rigurosidad política: ¿qué proyectos de vida, qué afectividades y qué soberanías quedan asfixiadas cuando entregamos la mediación de nuestras sociabilidades, subjetividades y todos los potenciales que nos habitan a infraestructuras privadas transnacionales? Solo construyendo un diagnóstico que integre la complejidad de la geopolítica macropolítica con la cartografía micropolítica de la captura algorítmica y digital podremos salir de la indefensión y volver a trazar horizontes posibles de liberación. 

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Jonathan Prueger es Lic. en Sociología y Doctorando en Cs. Sociales en la FaHCE-UNLP. Becario Doctoral CONICET con pertenencia institucional en el IIGG-UBA. Es colaborador del PPID-UNLP "Dependencia epistémica, eurocentrismo y colonialidad del saber: hacia un pensamiento situado" y en el Proyecto UBACYT "La matriz sociotécnica de las IA generativas en el marco del esquema DAP (datos, algoritmos, plataformas)". Asimismo, participa activamente como miembro de la RED PLACTS, el Foro del Pensamiento Nacional Latinoamericano, la Comunidad de Estudios en Filosofía de la Liberación y la Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales.

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