jueves 29 de octubre de 2026 - Edición Nº 29.188

Internacionales | 29 oct 2026

Análisis

Protestas en Francia, ¿un fenómeno local o la foto de una película de descontento global?

Se refiere al tema en esta nota el profesor de Derecho Internacional Público en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNLP, Javier Surasky.


¿Cómo empieza una revolución? ¿Por qué empieza una revolución? Esa doble pregunta, que en mayo de 2018 llevó al escritor Martín Caparrós a investigar por qué el pueblo nicaragüense, que durante años se había sometido a la mano de hierro del gobierno de los Ortega, de repente una noche decidía que ya había sido suficiente, que no quería vivir más en el silencio disciplinado y se lanzaba a las calles a protestar, bien podría servir como disparadora para entender lo que ocurre hoy en parte de Europa, con Francia como foco principal de las revueltas.

Y es que quizá esas expresiones de manifestación popular no sean tan repentinas ni tan precipitadas. Anidan en ellas años de frustración acumulada y la sensación de que los jóvenes, principal motor de las movilizaciones, no están dispuestos a resignarse a vivir en un presente de angustias con un futuro incierto.

Ese sentimiento, que primero prendió en los estudiantes secundarios franceses que reclamaban por mejoras en el aprendizaje se extendió luego por casi todo el país hasta contagiar a otros sectores. Ya no es solo una juventud indignada la que se moviliza sino un colectivo más amplio que incluye a trabajadores y sindicatos molestos por las condiciones de una vida que no son las que soñaron.

Tampoco se trata de un fenómeno exclusivamente parisino, ni europeo y hasta pueden detectarse ciertos puntos de contacto con las masivas marchas federales de la comunidad universitaria argentina.

Así lo explica el doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y profesor de Derecho Internacional Público en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, Javier Surasky:“Francia es uno de los principales focos, el más multitudinario y está considerado el origen de las protestas de los jóvenes que desafían incluso la prohibición del Gobierno para movilizarse, pero es difícil situar un único país de inicio, porque el proceso se parece más a uno de retroalimentación que a uno de imitación”.

Además, los reclamos que se originaron por las condiciones educativas rápidamente se dirigieron hacia el valor del costo de vida y combinaron otras necesidades como el acceso a la vivienda y el empleo, con demandas de responsabilidad política. Esto derivó en exigencias disímiles acordes a la realidad de cada país

“En España y Portugal se destaca el acceso a la vivienda; en Italia y Bélgica, las demandas educativas y sociales; también en Grecia, estudiantes y docentes reclaman más recursos mientras enfrentan alquileres elevados y salarios estancados; en paralelo en Albania y Serbia (que no pertenecen a la Unión Europea) el movimiento estudiantil se ha enfocado en la corrupción”, enumera Surasky, quien también  coordina el Centro de Inteligencia Artificial y Relaciones Internacionales (CIARI) del Instituto de Relaciones Internacionales de la UNLP (IRI), y resume: “Lo que vemos es una coincidencia en las movilizaciones, pero sus objetivos y trayectorias son distintas”.

El experto en Derecho Internacional aporta otra lectura y es que en cada protesta pareciera haber un tema subyacente: “El malestar se profundiza cuando estudiar requiere esfuerzos personales y familiares financieros altos, al tiempo que se diluye el valor del título universitario como fuente de movilidad social ascendente y los estudios dejan de verse como un camino que permita construir una vida autónoma”.
 

De Francia a la Argentina

El conflicto no se limita a Francia, tampoco lo hace a Europa, más allá de su carácter “centroeuropeo”. En este punto, el investigador de la UNLP menciona no solo las manifestaciones de Kenia en 2024 y de Nepal, Marruecos y Madagascar en 2025, sino también las que han tenido lugar en la Argentina por la aplicación de la ley de financiamiento universitario.

“Todas muestran un protagonismo de la juventud y, en términos generales, tienen su origen en la frustración por las condiciones de vida”, advierte, y que tanto allí como acá hay un rasgo común “en la defensa de la educación y la preocupación por las oportunidades futuras”.

En nuestro país, puntualiza Surasky, “el reclamo tiene una articulación institucional relevante: participan estudiantes, sindicatos y autoridades universitarias”. Además, tiene como agregado particular que se ha buscado “desmarcarlo” de otras demandas que, en una sociedad “agrietada” como la argentina, pueden generar diferencias entre quienes tienen en común la defensa de la educación universitaria pública y gratuita y reclaman la aplicación de la ley de financiamiento universitario.

No obstante, el integrante del IRI aclara que aún no es posible hablar de un movimiento global “porque las interconexiones no existen o son débiles e informales”.
 

Deseo de cambio

En la mencionada crónica sobre las protestas en Nicaragua de 2018, Caparrós planteaba: “Si alguien supiera cómo empiezan las revoluciones sabría casi todo. Una revolución es un cambio radical en el estado conocido: llega cuando todo lo que dábamos por cierto deja de serlo de repente.

Cuando los jóvenes indolentes se deciden a jugarse la vida, cuando los curas dejan la sumisión y encuentran su misión, cuando el hombre fuerte se hace débil y ya nadie le teme” y, en el intento de buscar una respuesta, señalaba: “Nadie sabe por qué suceden esas cosas, por qué el vuelco. Solo podemos constatarlo después, cuando es un hecho. Es fácil, ahora, decir que fueron aquellas muertes: que los nicaragüenses no soportaron las muertes (N del R: provocadas por la represión estatal, que se intensificó tras las protestas y que continúa hasta hoy). Es difícil saber por qué un gobierno que supo como ninguno mantenerlos tranquilos, satisfechos, temerosos, de pronto perdió pie y se lanzó a su propio abismo”.

Al respecto, Surasky sostiene que “las políticas gubernamentales pueden convertir un malestar acumulado en una protesta concreta: un aumento impositivo, un recorte o una restricción de derechos funcionan como disparadores de otras frustraciones acumuladas, pero a la explicación económica se la debe complementar con una de bases políticas que considere qué se les exige a los jóvenes, qué se les ofrece a cambio y cuál es la visión de los propios jóvenes sobre cuánto de justo es ese reparto”.

Pero, ¿qué es lo que se cuestiona? ¿El descontento es con los gobiernos de turno o con el funcionamiento del sistema democrático?. Para el investigador de la UNLP, “ambas dimensiones pueden coexistir. En Serbia, por ejemplo, el reclamo de responsabilidades por el derrumbe de la estación de Novi Sad se amplió hacia la corrupción y las garantías democráticas. Cuestionar a quienes gobiernan puede expresar una demanda de mejor representación, mayor control del poder y mejor democracia”. De ahí que propone “no interpretar automáticamente esa crítica como rechazo a la democracia. Me inclino a pensar que lo que se exige es que se cumpla su palabra en la práctica”.

Quienes se movilizan lo hacen buscando cambios políticos concretos, mejores condiciones de vida, el anhelo de un futuro mejor. Habita en ellos el deseo de subvertir todo lo que consideran que está mal. Aunque a veces no resulte -como en Nicaragua, donde las movilizaciones derivaron en recrudecimiento del autoritarismo y la represión estatal-, consideran que vale la pena el intento.

Más allá de Managua, Surasky se detiene en casos “cerrados” de antecedentes. Recuerda que, “por fuera de Europa y en contextos muy diferentes a los de las actuales protestas, tenemos que las movilizaciones de Kenia de 2024 consiguieron el retiro de un proyecto tributario, y las de Nepal de 2025 derivaron en la renuncia de su ya debilitado primer ministro”.

En Europa, en tanto, “ya hay respuestas gubernamentales, aunque su efecto todavía es incierto: en España, las protestas por la vivienda precedieron un proyecto del Poder Ejecutivo de 21 medidas urgentes, cuya aplicación todavía no ha sido ratificada por el Parlamento; en Francia, el Gobierno anunció compromisos sobre educación y se reunió con representantes estudiantiles, pero eso no detuvo las protestas”.

Un caso aparte es el de Serbia, donde la Lista Estudiantil, que durante casi dos años reclamó un cambio de régimen en su lucha contra la corrupción, llevó la protesta al terreno electoral y se impuso en los últimos comicios legislativos ante el expresidente Aleksandar Vucic, quien renunció el mes pasado para encabezar la lista del Partido Progresista Serbio de derecha como candidato a primer ministro. El detonante de la movilización que terminó con la dimisión y posterior derrota de Vucic fue el derrumbe de la marquesina de la estación ferroviaria de Novi Sad, que el 1° de noviembre de 2024 provocó la muerte de 16 personas. Para los estudiantes que se organizaron, la tragedia en esa estación recién inaugurada fue el producto de años de corrupción.

Ahora bien, todos estos casos pueden mostrar capacidad para instalar temas, forzar respuestas y abrir disputas políticas, pero todavía no prueban que se hayan producido cambios duraderos.
 

La militancia en las redes y en las calles

Algo más se pone en evidencia. “Y es que el distanciamiento de la gente respecto de los partidos puede convivir con una participación política intensa, algo que creo que sirve para desmistificar la idea de que los y las jóvenes no se involucran en los asuntos públicos”, apunta el profesor de la UNLP y añade que los que se ve es una juventud que en sus reclamos y acciones “combina herramientas digitales con marchas, asambleas y, en algunos casos, competencia electoral”.

Desde su visión, esto demuestra “la mayor naturalidad del uso de herramientas digitales por los y las jóvenes y cómo saben darle uso político cuando se lo proponen, recombinando formas de participación cuya capacidad de subsistir dependerá, en una medida importante, de si logran convertir el descontento social en organización e incidencia”.

Porque si bien las redes pueden servir como arma e instrumento de la militancia moderna. Con eso solo no alcanza: “La visibilidad digital puede acelerar una movilización, pero sostenerla exige vínculos y organización fuera de las pantallas”, subraya  Surasky y amplía: “Las redes sociales ayudan a reducir costos de organización, permiten difundir denuncias y facilitan aprendizajes entre países”.

Además, ejemplifica que en Marruecos y Nepal, los mensajes a través de la plataforma Discord sirvieron para coordinar acciones y discutir demandas y para construir consignas y referencias compartidas. Algo similar se replica en las protestas europeas.

Sin embargo, concluye Surasky, “las redes sociales también son utilizadas como medios de desinformación y concentración de poder entre administradores, a la par que son aprovechadas en la misma medida por quienes se oponen a las protestas (sean gobiernos o ciudadanos con visiones políticas diferentes). Esto se suma al efecto burbuja de las redes, por el cual cada usuario tiende a ser expuesto al contenido que refuerza su propia posición, lo que puede llevar a posiciones a favor y en contra de las propuestas crecientemente extremas”.

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