viernes 27 de enero de 2023 - Edición Nº 29.188

Información General | 4 dic 2022

Vidas de cartón: “Un algo, por favor, un algo”

Familias enteras viven, o sobreviven, revolviendo contenedores de basura en busca de algo para vender y comer. A partir de la pandemia se incrementó en un 40% la pobreza estructural. Se multiplicó la cantidad de recicladores y de cartoneros. De a miles invaden las calles buscando separar de la basura algo con qué alimentarse y procurando encontrar entre los objetos que otros consideran residuos y desechos, materiales para poder vender o reciclar como cartón, metal o plástico.


Por: Juan Bonaudi

En 2003 y durante los años siguientes, con la promoción de empleo, el acceso al crédito y la implementación de una cantidad relevante de planes y programas de sostenimiento social hubo menos gente en la calle comiendo y viviendo de la basura.

La asunción de Mauricio Macri a la presidencia en 2015 provocó en pocos meses un deterioro social y económico muy profundo, que retrotrajo al país a la situación de 2001. Con escasa protesta social en oposición a diferentes medidas de ajuste, la población sufrió uno de los mayores procesos de empobrecimiento de la historia argentina. 

Después, la pandemia Covid 19 y la actual coyuntura post pandémica, con una economía muy debilitada y con niveles de inflación que parecen incontrolables, hizo que nuevamente veamos las calles pobladas por un aluvión de gente que de sus arterias hace su hogar y su trabajo.

La emergencia habitacional desatendida desde hace más de doce años por el GCBA, la falta de empleo o su precarización y el incremento feroz del precio de los alimentos contribuyeron a que miles de personas trataran de encontrar alguna forma de vida digna en la Ciudad de Buenos Aires, la ciudad más rica de Argentina y que cuenta con una asignación de presupuesto anual de 1 billón de pesos.

Casi 10 millones de personas solicitaron el IFE durante la emergencia Covid 19 y cientos de miles fueron cesanteados en fábricas. Debido al aislamiento disminuyeron el trabajo informal y la posibilidad de hacer “changas”. El virus hizo estragos en millones de familias, pero mucho antes de marzo de 2020, los cuatro años del gobierno de Macri ya habían sumido a la Argentina en una situación económica y social desesperante.

Así, la cantidad de personas inscriptas en “tareas de recuperación y reciclado", entre ellos “cartoneros”, creció entre agosto de 2021 y febrero de 2022, según el Registro Nacional de Trabajadores de la Economía Popular (Renatep) un 16%, sumando un total de 118.002 de trabajadores informales. Esas cifras son estimativas porque medir el fenómeno es complejo, pero unas 18.918 personas se sumaron en los últimos seis meses, y seguramente sean muchos más.

 

 

Invisibilizar al marginado

Una tarde de 2018 en el barrio porteño de Flores, un hombre en la calle con dos niños muy pequeños pedía: “Un algo, por favor, un algo”. No importaba qué, no pedía “una monedita por favor” o “algo para comer, Don”, no, pedía “un algo” y la vacuidad sin embargo tan precisa, contundente de ese pedido, desgarraban el aire y el corazón, en medio del olor nauseabundo del contenedor de basura junto al que estaba tirada esa familia aquel domingo.

Para los necesitados de “un algo”, (de todo, en realidad) no existen días de sol o la percepción de un clima mejor. Todos los días la humedad que emerge desde el asfalto se transforma en un vapor sucio, caliente en verano, helado en invierno. Siempre hostil. No hay “ciudad verde” ni se oye el canto de los pájaros, cualquier huella de naturaleza o de la ecología cuyo cuidado tanto ponderan algunos funcionarios, se diluye hasta desaparecer entre el ruido de los bocinazos, de las sirenas, del humo de los autos, del apuro de la gente por llegar a todos y ningún lugar, de la violencia expresada en las bocas y las miradas. Porque invisibilizar al marginado expresa una gran violencia.

 La primavera con sus tilos en flor, jacarandás y el arbolado urbano cada vez más austero por el avance de los metrobuses y torres que los miran desde el cielo, no son para los “tirados” en la calle. Ellos no disfrutan ni se disgustan con la ciudad de más recursos del país, pero sí aprovechan su voracidad de consumo para conseguir en las sobras, el sustento diario.

Sus miradas están puestas en los rincones, en cada tacho, en cada container, en cada lugar donde un pedazo de cartón abandonado les devuelva la fuerza para seguir caminando y buscando, diez, doce horas diarias.

Si alguien llegara por primera vez a esta ciudad, sin dudas quedaría maravillado por sus luces y movimiento. Buenos Aires es una ciudad cosmopolita. Degradada, sí, pero cosmopolita, activa. Millones de personas entran y salen de ella cada día, muchos desde el conurbano bonaerense solo para trabajar. Muchos desde otros países, atraídos por un esplendor que la ciudad perdió, pero sabiendo que conserva otros encantos.

Un maquillaje de modernidad lleno la ciudad de macetas, bicisendas, bares, cartelería verde, restaurantes y enormes torres. Sin embargo es la ciudad con menos porcentual de metro cuadrado verde por habitante que cualquier otro lugar del mundo. Entre esos visitantes, un ejército de personas llega del conurbano a recolectar a diario. Están en cada esquina, hurgando en cada contenedor, a toda hora, buscando cartón, plástico y otros desechos.

 

Los cartoneros celebran la inclusión en higiene urbana

 

“Al potro lo tengo como a un bebé”

Luis es un recolector urbano de cartón y plástico. Tiene 65 años y vive en Merlo, Provincia de Buenos Aires. Todos los días llega a CABA para trabajar y camina unos 30 km diarios para llenar dos veces su enorme carro, traccionado con ruedas de auto y su propia humanidad. Este hombre de voz cascada viaja tres horas de ida y tres de vuelta. Es notablemente flaco y su cara muestra los signos de una vida dura, cómo si el viento, el sol y la lluvia habitaran en los surcos de su frente y mejillas. Tiene varios clientes, explica, la mayoría supermercados donde lo esperan a diario.

Luis: -Lo lleno 2 veces por día, unos 80 kg cada viaje.

-¿Pesa mucho?

L: -No, estoy acostumbrado, además “el potro” se las banca todas, ojo lo arreglo mucho, lo atiendo, le hago service.

 -¿Qué service?

L: -...y de todo, lo aceito, le arreglo las barras que se van venciendo, lo tengo como a un bebé.

-¿Dura esta vida, no?

L: -Cómo la de cualquiera que viva en este país, al menos yo no tengo patrón, tuve durante un tiempo, pero en los 90 quedé afuera de la fábrica de suelas y empecé con esto.

 -¿Alcanza?

L: -Mirá a mis hijos, tengo 4, no les faltó nunca nada, la comida, las zapas, los útiles de la escuela.

-¿Cuánto hacés por día?

L: -Si el dólar está como ahora, me pagan $20 el kg, si baja el dólar te pagan menos.

-¿Cómo es el trato en la calle?

L: -Lo más difícil son los autos que nos odian porque paramos el tránsito, pero lo demás es como todo, a veces estás mejor y otras no tanto.

-¿Hay competencia en esto?

L: -Mucha, están los cuervos que andan rapiñando cosas de los tachos con un alambre y rompen toda la basura. Ellos andan en busca de cosas de valor y algo de morfar.

 -¿Y se encuentra?

L: -¿Cómo???  Hasta 100 dólares han encontrado. Cosas de valor que la gente tira sin querer, y comida fresca.

 -¿Vos levantas eso?

L: -No. Yo me hago mi comida todos los días con la que gano cargando el potro.

-¿Tus hijos?

L: -¿Qué?

-¿Qué dicen de tu trabajo?

L: -Me ayudan los fines de semana. No tienen vergüenza. No afano, vivo de mi lomo. Ojalá ellos puedan seguir estudiando para no tener que vivir esta.

 -¿Te gustaría trabajar en otra cosa?

L: -Hoy no. Ya me acostumbré, 25 años así.

 -¿Hay más gente levantando que antes de la pandemia?

L: -¿Más? Muchísima más, cómo en 2001 o más. Es increíble ver a los pibes meterse en los tachos a buscar. Eso me da bronca. Es injusto en un país con comida para todos. Es una mierda ver esos pibes ahí.

 -¿Qué haces con el cartón?

L: -Lleno el carro y cuando está tapado me voy al centro, acá en Flores y descargo, pesan y me pagan. Ahí me tomo algo, descanso y arranco de nuevo. Empiezo a las 5 am y termino a las 15 hs.

 

El día comienza a desvanecerse, con su luz hacia el oeste, como Luis, con su carro cargado de kilos de cartones y plásticos que empuja por la avenida Alberdi hacia la General Paz. Él ya es parte del paisaje urbano, uno más que casi nadie ve, pocos son capaces de ver su carga. Toda su carga. Desde la pandemia, miles de nuevos Luises salieron a gastar sus zapatillas viejas para no atragantarse con el resentimiento de no pertenecer.

No pertenecer nunca, a nada. Quedar afuera de casi todo.

Ellos no tienen tiempo para los traumas psicológicos típicos de la clase media, ni se enteran muchas veces de los planes de gobierno que mínimamente podrían beneficiarlos; ellos empujan sus carros, van, vienen, se agotan, se les rompe el cuerpo, levantan, reciclan y juntan algo de dinero. Así son las cosas, en un país endeudado en el cuál ellos no acceden a lo elemental. Están fuera de un sistema perverso que los esconde y utiliza para sostenerse. En sus mentes, la soledad de tantas horas es más fuerte que la ansiedad que provoca la incertidumbre.

No saben de Rivotril y ataques de pánico los Luises, perdieron hasta el miedo.

En Caba se calcula que hay 6300 cartoneros, nucleados en las 12 cooperativas que los organizan, incluida la Cooperativa Amanecer de los Cartoneros, que fue fundada por el MTE hace casi 20 años y contiene a 4.000 trabajadores. Por fuera de la estructura son el doble, transitan cada día sosteniendo la esperanza en sus ojos bien abiertos y los reflejos al servicio de la presa.

Silvia es una mujer de 40 años que trabaja de recolectora hace dos años y no pertenece a ninguna cooperativa. Cuenta los motivos por los cuales trabaja por fuera de ese sistema que funciona en Caba: 

-Lo que a mí me parece hoy, es que es mejor trabajar por tu cuenta. A no ser que quieras entrar en el Plan Cartoneros, que te da 30 mil pesos por mes fijos, pero para eso cada día tenés que juntar 50 kg de cartón.

Mientras habla, no deja de monitorear con su mirada de 360 grados cada local, cada comercio, esperando algo que le ilumine la mirada.

- No sé si te lo pagan, lo llevás al centro de distribución y ahí te lo pesan. Yo por día levanto 60 kg y me pagan $25 el kg, pero si tengo fuerza y cruzo a la provincia me hago 4$ más por kilo, allá pagan mejor. Llego hasta Roca donde está el autódromo y ahí vendo. Vivo ahí en el Barrio 1 y 2 de Lugano, es un barrio de gente trabajadora, los departamentos son hermosos, amplios con luz. Pago 40.000 pesos de alquiler y vivo con mi madre y mis 2 hijos.

El Barrio 1 y 2 fue concebido en la época de la dictadura junto a Villa Soldati, ambos fueron creados para desplazar a las familias cuando se hizo la autopista 25 de Mayo y se agrandó la 9 de julio hasta el Bajo.

-Hay bocha de gente ahora levantando, hay carros, autos, gente arrastrando el bolsón, carretas, pero lo que más hay son camiones de las cooperativas que levantan en todos lados. Además están los bagayeros o caranchos que buscan ropa para vender en las ferias después.

Silvia termina de tomar agua de una botellita y empuña de nuevo su carro.  Sigue la marcha por Av. Rivadavia rumbo al oeste, peinando toda la zona para llegar hasta Villa Lugano. Un auto le toca bocina y hace gestos para que se corra y lo deje transitar. Ella no se inmuta y sigue su camino. Con su carro lleno de cartón, cargando 70 u 80 kg de sueños que se transformarán en una paga apenas suficiente para llevar comida a su familia.

La avenida estalla en bocinazos que aturden, gente nerviosa por la intensidad del tránsito y el smog que en forma de tenue humo gris desciende hasta las veredas. Los cartoneros van en busca de esa presa, antes parte de un ecosistema impensado que se reciclará en nuevos envases, en nuevo consumo, y otra vez será devuelta a la calle donde otro la planchará, la acomodará en su carro y tratará de venderla para poder seguir siendo parte.Una vez más,  la máquina hostil que los arroja impunemente a la invisibilidad.

Dentro de la actividad, teniendo en cuenta sólo a aquellos que tienen contacto directo con la basura arrojada a la vía pública, que son los carreros, cartoneros y recicladores; el porcentaje de crecimiento en la última mitad del año es similar, un 15% aproximadamente. De los 48.134 inscriptos en el registro, 7.260 se sumaron a partir de agosto de 2022.

Franco no tiene más de 17 años, se lo ve muy activo y no para de doblar cartones mientras habla acelerado. Lleva un carro muy grande con una bolsa detrás donde también acomoda la mercadería que va encontrando. Es de Turdera, del sur del conurbano bonaerense. Se adueñó de la calle desde hace cuatro años. Pasó su adolescencia entre tachos y la esperanza de encontrar algo con que salvar el día. Todos los días buscando. Toda esta etapa de su vida aprendiendo a esquivar insultos, agravios, peleando contra enfermedades y saliendo adelante para que sus 3 hermanos más chicos pudieran ir a la escuela.

“Abandoné en séptimo grado, me gustaría volver un día pero no puedo, necesito la guita”. La frase quedó flotando en el aire como un puñal que se clava en la injusticia. La sensación de impotencia, una historia más que pasa a nuestro lado, que tiene memoria, sueños, desesperanza y un destino que solo depende de tirar o no tirar de ese carro.

Usa una gorra de Boca Juniors y guantes que protegen sus manos. Está vestido con un jean sucio, zapatillas y no lleva remera. Tiene tatuajes de San Cayetano y en un brazo la cara de su madre.

-Trabajo solo, la mayoría de las cooperativas te cagan porque tenés que esperar cobrar al mes, a mí me pagan por día. A mí me lo pagan $29, levanto 3000$ pesos por día. Para mí solo alcanza. Me joden los bagayeros que andan con la púa buscando cosas y rompen todo. En el depósito donde dejo yo, uno se encontró 6 mil dólares. Ahora tiene camioneta, tiene de todo, no viene más a laburar. Lo encontró entre medio de papel blanco envuelto en un film. Nos tiró 200 a los pibes. Hizo limpieza en un edificio el chabón, estaba en papel de aluminio dentro del film y entre el papel, el fajo. Todo verde.

 

Aquella tarde de los años 70 en Montevideo, una mujer que sufría por no saber su destino, sola con un niño de cinco años a cargo, le dijo: “Viviremos siempre juntos, aunque sea en una casa de cartón y vidrio”. Esa noche en la oscura y fría Montevideo, el niño la esperó con un montón de cartones y botellas para comenzar a edificar un sueño.

Tal vez esos recuerdos hoy se instalan nostálgicamente en este cronista que pudo atravesar la ignominia y el dolor. Ojalá esta vida, a los Luises, Silvias y Francos, les dé una oportunidad de encontrar el abrazo que los cobije en medio de tanta soledad, que deje de hacerlos las presas de este proceso atroz de destrucción social.

Ojalá este trabajo, tan al borde de la dignidad, no se convierta en la única realidad de un 40 % de pobres sin otro camino que no sea arrastrar un carro para sobrevivir.

 

Recuperadores urbanos por San Isidro | Que Pasa Web

 

 

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