sábado 18 de mayo de 2024 - Edición Nº -1991

Opinión | 29 ago 2023

De los tres tercios a tres candidatos que “se la bancan”

Por Federico González, titular de la consultora política Federico González y Asociados.


Advertencia preliminar: este artículo trata sobre las razones a favor y en contra de Sergio Massa, Patricia Bullrich y Javier Milei. Su contenido es demasiado extenso. No obstante, los análisis de cada candidato suponen una unidad de sentido per se. De modo que puede tomarse el todo o cada una de las partes, sin alterar el sentido de éstas últimas.

 

 

La idea de la elección de tercios se reveló efectiva en el resultado de los PASO. Luego de aquella sentencia de Cristina Kichner de hace algunos meses, formulamos una predicción correcta: Los tres tercios tenían nombre y eran Sergio, Patricia y Milei. No nos equivocamos.

 

Cuando restan 55 días para las elecciones generales tenemos varias incertidumbres y una certeza. Respecto de lo primero, no sabemos si habrá definición en primera vuelta o en ballotage, y si hubiera ballotage no sabemos quién quedaría afuera y, tampoco, quién resultaría electo presidente. Pero respecto de lo segundo no tenemos dudas: Sergio, Patricia y Milei son candidatos fuertes con hambre de poder y sed de gloria. En el barrio lo diríamos sin eufemismos: los tres “se la bancan”.

 

 

Sergio: La animalidad política

 

 

Una de cal

 

Audaz, infatigable, “huidor” hacia adelante, el tigrense encarna perfectamente la quintaesencia de la animalidad política. Sergio juega en toda la cancha. Abre el juego. Se desmarca. Inventa jugadas. Eximio negociador, parece disfrutar de ese juego. No importa si es en Washington con Kristalina Giorgeva, en el Senado con Cristina o en un mano a mano con algún gobernador. Lo cierto es que para Sergio el universo político parece siempre una oportunidad para negociar y un vasto océano del que siempre se puede extraer poder.

 

Quizás la expresión sea reveladora: Sergio Massa es un extractivista del poder. Capaz de sacarlo de las piedras. Capaz de edificar estructura donde antes había poco o nada. Capaz de poner a funcionar cualquier coto incipiente de poder al servicio de su gran causa.

 

Días atrás lo dijo con contundencia: "Se preguntan si en la tormenta conviene quedarse en el Ministerio mientras es candidato. Yo cuando estoy al frente en la tormenta, agarro el timón y no lo suelto. Me quedo hasta el 10 de diciembre. Lo peor que podría hacer es irme. Le haría mucho daño a la economía argentina".

 

Sergio Massa nunca arruga. Se anima donde muchos dan un paso al costado. No tiene problema en “quemar las naves” ni en “agarrar la papa caliente”. Pertenece a la privilegiada extirpe de quienes piensan que mañana siempre saldrá un nuevo sol. Acaso le quepa mejor que a ninguno aquellos versos de Almafuerte: “No te des por vencido, ni aun vencido” (..) “Trémulo de pavor, piénsate bravo y arremete feroz, ya mal herido. (…) “¡Todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de su muerte!”.

 

Workaholic, conocedor como ninguno de las dependencias y vericuetos del Estado, a Sergio le gusta armar estructuras, pero nunca descuida los detales, a los que suele atender personalmente. Imaginar cómo es un día en la vida de Sergio Massa produce vértigo: ¿Cómo hace?, ¿Cuándo duerme?, ¿Cómo puede atender con solvencia su WhatsApp sin delegarlo en nadie?

 

Cultor del arte de huir hacia adelante, uno de las especialidades del ministro de Economía consiste en forjar zanahorias imaginarias a las que la sabiduría mediática suele referir bajo la figura de “sacar conejos de la galera”. Cuando parece que la turbulencia va a doblegar la embarcación, Sergio, a último momento, inventa algo que le permite seguir participando. El dólar soja, el dólar agro, su propia candidatura presidencial al filo del cierre, los yuanes chinos, el préstamo de Qatar y, ahora, el desembolso de los más de 7 mil millones verdes del fondo.

 

Sabidurías populares: “Con plata cualquiera invita”, “El dinero no hace la felicidad, pero calma los nervios”, “El bolsillo es la víscera más sensible de los argentinos”. Lo cierto es que, una vez, Sergio sacó un conejo.

 

Entonces quizás, tal vez, acaso. Por ahí con “el plan platita”, y encauzando al capital verde de los mercados nerviosos, o con la ayudita de algunos amigos gobernadores propensos al toma y daca (..) Un alivio fiscal por acá, un bonito a jubilados por allá, un aumento de la tarjeta “Alimentar” por acullá. Entonces, ¿quién te dice? Massita al ballotage. Massita Presidente.

 

Quizás esta vez Sergio cumpla el milagro y, efectivamente, lo tengamos en el ballotage, jugando a suerte y verdad contra lo que sea. Buscando o inventado nuevos conejos. El “plan llegar”. ¿Y si llega? Al fin y al cabo, todo animal político sabe lo que tiene que saber: la política es el arte de lo posible.

 

 

Una de arena

 

En “Amor y muerte”, un film de Woody Allen de 1972 (en Argentina se conoció como “La última noche de Boris Grushenko”), Boris es un soldado ruso que cae prisionero del ejército napoleónico y es sentenciado a fusilamiento. Pero, durante la noche previa a la ejecución se le presenta un fantasma que le advierte que, a último momento, Napoleón lo va a indultar. Ya frente al pelotón, mientras los otros dos sentenciados esperan aterrados el inminente final, Boris sonríe y en complicidad con el espectador afirma: “¡Ja, ja: el Emperador se las trae ¡”. Acto seguido, el pelotón cumple su labor y Boris muere junto los otros desgraciados. El humor desopilante de Woody Allen, le hace decir a Boris, ya en otra esfera de la existencia, que, al final, la muerte no era tan mala y que, en rigor, en la vida hay cosas peores, ¡como soportar el acoso de un vendedor de seguros!”

 

Moraleja: a veces los conejos de la galera solos son ilusiones fantásticas que se rebelan a asistir a la cita final.

 

En 2015, cuando Sergio Massa comenzó a situarse tercero cómodo, detrás de Mauricio Macri y Daniel Scioli, apareció fugazmente un curioso spot: se trataba de un fragmento de la película “Carrozas de fuego” donde en una carrera 400 mts. Harold Abrahams, uno de los personajes principales, aparecía tercero para luego ir aproximándose a sus adversarios y conseguir un triunfo épico sobre la línea de llegada. El spot era explícito: un texto superpuesto indicaba que el héroe era Sergio Massa.

 

Finalmente, como en la película de Woody Allen, en la realidad electoral de octubre de 2015, el milagro faltó a su cita y Sergio Massa, a pesar de superar los 20 puntos, quedo afuera del ballotage que terminó ungiendo a Mauricio Macri Presidente. Aunque, como buen Ave Fénix, Sergio supo recomponerse enseguida para para seguir participando.

 

¿Y si, como en 2015, a Sergio ahora no le alcanza? Puede ocurrir. ¿Por qué no? "La fortuna es inconstante, como las olas del mar”, reza un antiguo refrán. Y animales políticos chapoteando la derrota han existido y existirán siempre. No es necesario mirar tan lejos: Donald Trump, Jair Bolsonaro, Néstor kichner en 2009 perdiendo “por un puntito” frente a “Alica alicate”, Cristina derrotada en 2017 por Esteban Bullrich, etc.

 

Pero como en 2015 y en 2019, si a Sergio esta vez tampoco le tocara, acaso no sea tan grave. Porque los animales políticos siempre encuentran una nueva razón para seguir siendo. Máxime cuando son jóvenes y plenos de voluntad de poderío (Niestche dixit) como Sergio Massa. Y máxime cuando, en recompensa por tanto arrojo y tanto quemarse con papas calientes, resultaría atinado reclamar erigirse en el líder de la oposición.

 

Una figura identificatoria. Léase, ¿A quién creemos que, secreta o explícitamente, quisiera parecerse Sergio Massa?: A Néstor Kirchner.

 

 

Patricia: El liderazgo del coraje y las convicciones

 

Una de cal

 

Patricia es aguerrida, decidida, terminante, segura. Su goce es dar la pelea franca. Se autopercibe corajuda. Se jacta de “tener espalda” para enfrentar a las mafias, a los narcos, a los barras bravas, a los sindicalistas corruptos. Patricia parece decirles: “Acá estoy yo y los voy a enfrentar” O como en aquella frase del barrio: “No pregunto cuándos son, sino que vayan pasando”.

 

Patricia también se jacta de decir que, si le toca ser presidente, nadie la va a doblegar. Nadie, le va a hacer torcer el camino de sus convicciones refrendado por la voluntad popular. “Conmigo no van a poder”, se adelanta a decirles a los “tira piedras” de siempre dispuestos a desconocer el mandato popular.

 

A Patricia se la ve segura, pero no temeraria. Su autoridad emana de su ser, no de una impostación. Patricia es eso que parece ser. En una época de simulación coacheada, no es poco.

 

Patricia encarna el liderazgo de las convicciones. En términos de Max Weber, lo de Patricia se correspondería con la ética de las convicciones. Patricia no necesita ser estridente para hacerse oír. Ni gritar para imponer autoridad. Como lo indica aquel principio del Tao Te King, la autoridad de Patricia emana y actúa sin intervenir. Su liderazgo simplemente sucede.

 

Ciertamente, lo de Patricia Bullrich es una ética de las convicciones. Pero con una importante salvedad: la responsabilidad también conforma el repertorio de sus convicciones. De lo cual se deprende un importante corolario: Patricia es tan firme en sus determinaciones como responsable en sus decisiones. Patricia Bullrich es una política seria. No es una caprichosa jactanciosa.

 

Suele decirse que las personas son la suma de sus decisiones. Y que esas decisiones se amalgaman en el ser forjando un carácter. Patricia tiene su historia de determinaciones. Y eso se nota. Patricia tiene carácter. Personalidad. Se sabe segura porque se sabe decidida. Patricia es aquella “piba” que enfrentó a Hugo Moyano en aquel episodio emblemático de los 90 y le dijo al poderoso lo que le tenía que decir. Lo que pocos se animaban a decirle en la cara.

 

Entre las diversas entonaciones del fracaso argentino la siguiente puede resultar una simplificación integradora: Argentina es un país enfermo de inflación y asolado de inseguridad. Patricia pretende que el Orden es la clave, la cifra, la huella perdida para curar ambos males. Acaso tenga razón.

 

Por eso se propone como una gran ordenadora. Alguna vez fuimos un país en serio y pujante. Entonces había Orden. Restablezcamos el orden y entonces, por añadidura, recuperaremos la Republica. Su fórmula es simple. Minimalista. Quizás verdadera.

 

Pero hay algo más; en esa epopeya por recuperar el orden, quizás inadvertidamente, Patricia se presenta como una Gran Madre. Puntualmente, cuando empatiza con las madres del dolor, del “paco”, de los “soldaditos niños” cooptados por la mafia narco. Patricia se dirige a las madres y las contiene en un abrazo. Promete pelear por ellas y con ellas en salvaguarda de sus hijos. El coraje de Patricia irradia Seguridad. Porque el coraje de Patricia promete también devolver esa seguridad que alguna vez tuvimos y hace tanto perdimos.

 

Por último, Patricia tiene una gran oportunidad para diferenciarse de Milei: el debate. En la retórica de su campaña, Patricia podría invitar a que la ciudadanía perteneciente a un electorado supuestamente afín asista a dos cosmovisiones diferentes. En una misma escena y en tiempo real. Entonces podría cotejarse dos versiones muy disímiles del cambio:

 

El de Patricia: Profundo. Posible. Razonable. Racional. Sensato. Serio. Coherente. Cierto. Pensado. Razonado. Adulto. Responsable. Viable. Seguro. Firme. Fuerte. Con solidez política. Enunciado con templanza. Trasmitido con serenidad, seguridad, autoridad, competencia, contundencia y certeza.

 

El de Milei: Peligroso. Riesgoso. Temerario. Incendiario. Irracional. Imprevisible. Fantasioso. Rimbombante. Caprichoso. Antojadizo. Arbitrario. Improvisado. Impulsivo. Adolescente. Inaplicable. Impracticable. Dudoso. Cuestionable. Endeble. Frágil. Desnudo. Con orfandad política. Más trasgresor que sustantivo. Más ruidoso que relevante. Enunciado con estridencia. Pero que deja flotando cierto sabor a riesgo, locura, exceso o desmesura.

 

En síntesis, Patricia podría oponer su modelo al de Milei encontrando la narrativa adecuada para trasmitir una dicotomía clásica expresada en el universo del psicoanálisis: La ley ordenadora vs. el goce trasgresor. La ley que nos protege contra los desvaríos de la perversión desenfrenada.

 

Cristina Kirchner, entre tantos otros perfiles, también encarnaba ese goce transgresivo. Su coqueteo con la “pasión barra brava”, “el vatayón militante”, el amadrinamiento de la asociación perversa de Hebe de Bonafini con Pablo Schoklender. Pero, aunque ciertamente lejos del goce cuasi perverso de aquella faceta de Cristina, Milei también coquetea con cierto goce de la transgresión. Con ese goce adolescente y temerario de “salir a romperlo todo”. Como si el fin último estuviera más en el acto mismo de destrozar que en lo que se va construir luego. También habita en Milei esa pasión tribunera de bullynear al rival (i.e. “esos zurdos de mierda”, “juntos por el cargo”, “la coalición cínica”, etc.)

 

Aunque sin llegar a aquello de “Al enemigo ni justicia” del Perón más salvaje, Milei parece legitimar que la casta puede ser verdugueada, insultada o degradada, en la medida en que pertenecería a una especie de orden submoral o pre ciudadano.

 

Patricia, en cambio, encarna aquello de las virtudes prusianas inherentes a la cultura alemana: la austeridad, la disciplina, la templanza, el sentido del deber, el sentido de la justicia, la rectitud.

 

En síntesis: si en el decurso de la campaña Patricia Bullrich encuentra la narrativa adecuada puede consolidar una importante diferencia a su favor, posicionándose en el lugar de la ley virtuosa a costa de diferenciarse de un Milei que, por juego de contrastes, quedaría desenmascarado en el lugar del libertinaje trasgresor. Es decir, en una caricatura perversa del liberalismo cabal.

 

 

Una de arena

 

Patricia también debe cargar con debilidades inesperadas con aire a paradoja.

 

Como los versos de aquella canción “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba (…) y no encuentro la salida”

 

Como en la frase célebre de Mario Benedetti que se hizo póster: “Justo cuando teníamos todas las respuestas me cambiaron todas las preguntas”

 

Es que Patricia estaba tan focalizada en la disputa de cabotaje con Larreta que no pudo ver a Milei. “No contaba con Milei”, habría dicho un Chapulín chicanero. “¿Y ahora de qué me disfrazo?”, podría responderle Patricia.

 

Porque Patricia se sentía cómoda diferenciándose de Horacio. Era fácil. Tenía todas las de ganar. Es fácil brillar contra alguien cuyo don es más del orden del hacer que el de relucir, Y, en ese juego de contrastes, Patricia era pura luz.

 

Pero ahora es distinto. Y no solo por aquello de los posicionamientos extremos en el virtual continuo ideológico de izquierda, centro y derecha. O de moderación versus rupturismo. El problema es acaso más grave y, quizás, trans político: Milei tiene mucho más rating que Patricia. Es más conocido. Es más colorido. ¿Cómo se le puede ganar a un rockstar en el pico de su fama?

 

La amarga paradoja es que en este suburbio inesperado que emergió el 13 de agosto, ahora Patricia parece Horacio y Milei, Patricia. ¿Cómo desenredar este nuevo intríngulis político?

 

Porque, en adelante, Patricia tiene que convencer a una sociedad decepcionada y a la vez ilusionada (pero con Milei) que el nuevo versus no es entre halcones y palomas, ni entre extremistas y posibilistas, sino entre el rupturismo serio y responsable y la transgresión incendiaria e irracional. Entre cordura y locura.

 

No será fácil. Aunque la incorporación casi cierta de Carlos Melconián y el conjetural apoyo explícito de Mauricio Macri, puedan ayudarla en semejante empresa.

 

Pero no será fácil porque algunas cartas ya están tomadas. La fortaleza de Javier Milei es abrumadora entre los jóvenes. Donde Patricia no ha logrado hacer pie. El análisis simple, pero no por eso menos certero lo expresa con claridad: los jóvenes son rebeldes y hoy la rebeldía tiene sabor a Milei.

 

Cabe conjeturar que la rebeldía juvenil no hace sino seguir el zeitgeist de la época. En 1968, con el mayo francés, se vistió de izquierda beligerante. Por estos lares, en aquella década supuestamente ganada (2003-13) se transformó en el “neo setentismo de los pibes para la revolución”. Y ahora,  en épocas de Trumps, Bolsonaros y Gergias Melonis, la rebeldía tiene rostro y rugido de león: ¡Viva la libertad, carajo!

 

Como en “El Principito” y la rosa, donde el amor se alimentaba del acto de regarla, los jóvenes en las PASO ya “han regado” la boleta de Milei. Y, tal como le sucedía al Principito, donde la acción del riego consolidaba el sentimiento del amor, que — a su vez— reforzaba las nuevas acciones amatorias; quizás en esos jóvenes se asista en octubre a una especie de “voto consolidador”.

 

Cerrando así un círculo virtuoso favorable a Milei.

 

Pero, ¿y los otros jóvenes? Para asombro de los analistas de la política, no parece que ninguno de los restantes candidatos le esté hablando a ese segmento. Patricia tampoco. Lo cual es una omisión inadmisible para quienes se queman las pestañas concluyendo en vaguedades exóticas al estilo de ¡“vamos a salir a pescar los votos peronistas desencantados que votaron por Alberto en 2019 y que ahora no fueron a votar, pero (…)!”. Como si fuera fácil determinar cuántos son y dónde diablos se los puede encontrar.

 

En cambio, los jóvenes son una categoría real. No una entelequia cuasi esotérica de gurúes de campaña. Y son segmentables. Porque, obviamente, no todos los jóvenes son iguales ni todos votaron a Milei. Y no todos piensan hacerlo. Y muchos nunca lo harían. Es que la miopía del análisis político ligero incurre en el clásico error de confundir la parte con el todo. Están tan encandilados con la mayoría (i.e. “porque los jóvenes votaron a Milei”), que se transforman en ciegos para apreciar las minorías (además, ¿cuál es el verdadero porcentaje de la mayoría de jóvenes que votó a Milei: 40%, 60%, ¿cuánto?)

 

Cuando cursé mi quinto año de la secundaria, allá lejos y hace tiempo, estaban los “quilomberos” (todavía me resuena su cántico tribal: “Suenan los pitos, suenan los bombos, somos de quinto y hacemos quilombo”); pero también existían los “estudiosos” (algunos bullyneados como “tragalibros” a manos de los quilombreros).

 

Pero no hay nada bueno bajo el sol. Lo veo en mis clases como profesor universitario: están los estudiantes que sólo buscan zafar y pertenecer a algún clan y están los que quieren estudiar y lo hacen con disciplina y esfuerzo. Con orden. ¡Hacete cargo Patricia: no les estás hablando a directamente a muchos que podrían escucharte!

 

Los “zafadores” suelen ser más ruidosos y acaso los tienta el goce perverso de la transgresión y la “copiatina”. Pero los estudiosos disciplinados también existen y quizás en modo de mayoría silenciosa. Al fin y al cabo, solo desean aprender antes que trasgredir. Y curiosamente (escuchá Patricia) los estudiosos suelen reaccionar fuertemente cundo perciben que los profesores abdican de su rol y se pliegan al facilismo de los zafadores. Y, ¿sabés Patricia?, reclaman ley y sanciones para los tramposos. Es decir: orden y justicia. ¿Te suenan?

 

Hay un vasto mundo a conquistar más allá de lo que ya conquistó Milei. Pero hay que disponerse a hacerlo. Y, por supuesto, hay que ser capaz de verlo.

 

Una figura identificatoria. Léase, ¿A quién creemos que, secreta o explícitamente, quisiera parecerse Patricia Bullrich?:

 

A Angela Merkel.

 

 

Milei: Es casi una experiencia religiosa

 

Desarrollaré la semblanza de Javier Milei remitiéndome a algunos fragmentos de mi reciente artículo “La Mileimanía es casi una experiencia religiosa”.

 

Una de cal

 

¿Por qué ganó Milei? Creo que aquí se aplica aquello de la multicausalidad. Un esbozo asistemático, incluiría alguno de los siguientes motivos:

 

La gente está harta de la política y de los políticos. Milei representa a la anti política o a la anticasta. Milei era la mejor opción más allá de la grieta. Milei legitimó el valor de la libertad y con ello muchos argentinos salieron del clóset de lo políticamente correcto, para declarar su orgullo de afirmarse como liberales o de derecha (i.e. “Si, soy liberal y de derecha, ¡¿y qué?!”)

 

Milei consiguió mostrar la trampa y el fraude del populismo, el clientelismo y el estatismo, desde donde —y con el “yeite” de proclamar la justicia social del campo nacional y popular— solo se ha logrado degradar a los ciudadanos argentinos a la categoría de dependientes, rehenes políticos, indignos, pobres, lúmpenes, marginales y/o zombis sociales.

 

Milei es un economista que sabe de economía y dice con seguridad lo que debería hacerse. Por ende, va a ser capaz de solucionar los problemas endémicos de la economía, donde sus predecesores solo acumularon promesas, fracasos y excusas.

 

En el marco de su teorización sobre la figura del psicoanalista, Jacques Lacan teorizó sobre la noción de un “sujeto supuesto saber” para referirse al hecho simple de que las personas tendemos a atribuir saberes particulares de algún tipo a otras personas. Aunque dichas atribuciones resultan a veces desmedidas. En tal sentido, parte de los votantes de Milei lo han elegido justamenteporque lo han puesto en ese lugar del saber. “No sé si entiendo mucho eso de la dolarización, la base monetaria, el circulante, la emisión y la Escuela Austríaca; pero de lo que sí estoy seguro es que este tipo sabe de lo que estaba hablando. Y me confío a él para que me saqué de las penurias de la inflación que me carcome el sueldo y la vida. Y le creo a él y no otros porque en eso o ya fracasaron o no parece que sepan como sí sabe Milei.

 

Otro motivo tras el voto de Milei es casi existencial. Como si fuera un gurú de la autoayuda, acaso sin proponérselo, Milei invita a quienes lo quieran oír a liberarse del yugo del “deber ser progresista” o, sin eufemismos de la “Progredictadura”. Esa “entelequia opresiva” que pretende prescribir cómo se debe hablar (i.e. el lenguaje inclusivo), qué dogmas deben seguirse (i.e. “las 45 verdades del Estado que nos protege”), qué contenidos deben consentirse que se les enseñen a los niños en las escuelas en los espacios ESI, a efectos de salvaguardar su salud sexual futura, etc. O que nos revela, para pulverizarlo, el listado de los mandamientos opresores de la libertad: “la patria es el otro”, “debés ser solidario”, “no debés ser exitoso”, “no debes perseguir tu mérito”, “no debes incurrir en el pecado capitalista de querer ganar dinero” etc.)

 

Como contrapartida, Milei nos ofrece algo análogo a una tabla de “Libertamientos”. Por ejemplo: “busca el reino de la Libertad y todo los demás llegará para añadidura”; “intenta ser propietario, antes que proletario” (Adelina Dalesio de Viola, dixit.); “no es pecado ser exitoso”; “ganar dinero brindando servicios para el prójimo no es solo bueno para vos, sino para la sociedad”; “no sucumbas a las trampas del “zurdaje esclavizante”, “no dejes que la casta te robe el fruto de tu trabajo exigiéndote el pago de impuestos confiscatorios”, etc.

 

Sigamos en otra línea:

 

La “verdadera” razón del voto a Milei es su carácter de “experiencia casi religiosa”

 

El periodista me inquirió sobre lo básico: “Entonces: ¿Por qué ganó a Milei?” Y mi mente febril, casi involuntariamente, evocó “Es una experiencia casi religiosa”, el título de aquella canción de Enrique Iglesias donde se compara al amor con el sentimiento religioso. Inmediatamente mi mente descarriada transmutó aquello del asesor de Bill Clinton “Es la economía, estúpido, por “Es la religión, estúpido”

 

Entonces esbocé esta micro tesis:

 

A modo de provocación operativa sentenciaré: “Milei ganó porque una parte importante del 30% de sus votantes estableció con él un vínculo cuasi religioso”.

 

En términos de liderazgo podría decirse que Milei es un líder carismático. Según el ChatGPT de openai, se trata de lo siguiente:

 

El liderazgo carismático es un estilo de liderazgo en el cual un líder ejerce una influencia significativa sobre sus seguidores debido a su carisma personal, carácter magnético y habilidades de comunicación convincentes. Los líderes carismáticos tienen la capacidad de inspirar y motivar a las personas a través de su presencia, discursos apasionados y visión inspiradora. Su atractivo y habilidades de persuasión les permiten generar seguidores leales y comprometidos que se sienten emocionalmente conectados con la causa o visión del líder. Este tipo de liderazgo se basa en gran medida en la personalidad y las características individuales del líder, más que en estructuras formales de poder. Los líderes carismáticos a menudo son percibidos como visionarios y agentes de cambio que pueden desafiar el statu quo y movilizar a las personas hacia metas comunes.

 

La cita es más que elocuente: parece que estuviera definiendo a Milei. Pero, podría objetarse:

 

¿Qué es lo que torna cuasi religioso a un líder carismático? La respuesta es sencilla: la devoción, la idolatría, los rituales, la liturgia celebratoria, la incapacidad de percibir sus errores, la paranoia sobres las consecuencias de cuestionarlo, la aceptación cómplice de sus veleidades, caprichos y transgresiones, el aplauso obsecuente de sus extravagancias, la sumisión a acatar sus mandatos, etc.

 

Pero acaso se preguntará el lector: “Perdón, ¿está hablando sobre Milei o sobre Cristina?” Si, efectivamente, se hizo la pregunta, entonces creo que ha captado el punto de mi tesis.

 

El hilo invisible que une a un Javier Milei con una Cristina Kirchner es que ambos son líderes carismáticos que propician experiencias cuasi religiosas en el vínculo con sus seguidores.

 

Desde que el anti kirchnerismo se hartó de Cristina, ha estado buscando el mejor vehículo para ganarle y deshacer lo que supone un hechizo perverso pergeñado por ella y que pesa sobre una parte de la sociedad. Primero probó con Sergio Massa en 2013. Luego, en 2015, entendió que Mauricio Macri era más efectivo. Pero eso anduvo cierto tiempo hasta que dejó de funcionar. Y, entonces, ahora, apareció Milei.

 

Cuando Jaime Durán Barba le recomendó a Mauricio en 2011 que desistiera de presentarse como candidato, su argumento fue lapidario: “Es imposible ganarle a una viuda”.

 

Aggiornada a estos tiempos una sentencia análoga a la del consultor ecuatoriano podría ser: “Es imposible ganarle a una religión, sin oponerle otra”.

 

El refrán popular lo dice con elocuencia: “un clavo saca a otro clavo”. Obviamente, aquí no se pretende decir que Cristina ni Milei sean clavo alguno. Solo pretende afirmarse una consecuencia obvia: “¡La única forma de erradicar de cuajo una religión es creando otra!”. No era la economía, no siquiera la Libertad (¡Viva la Libertad, carajo!). Era la religión.

 

Porque la religión es aquel encuentro mágico que ocurre en las sutiles esferas de la idealización. El amor es una experiencia religiosa porque es único, místico, extasiante, pasional. Y porque, como dice la sabiduría popular, es irremediablemente ciego. Es loco y es ciego. Una folie à deux. Una locura compartida, Acaso un profundo mal entendido que solo se revela cuando finaliza su hechizo y caen las máscaras.

 

La sentencia fácil y acrítica sostiene una simplificación: El voto de Milei tiene la cara del enojo o de la bronca. Pero eso es apenas uno de los ingredientes de un cóctel mayor.

 

Una persona que ha perdido su rumbo existencial transita solitaria por una plaza de barrio. Y de pronto algún pastor de turno narra la retahíla de siempre: “Yo estaba perdido, desesperanzado, angustiado, deprimido, hasta que el Señor se me reveló. Y lo dejé entrar en mi corazón. Y, entonces, conocí su gloria”. La persona perdida no puede dejar de sucumbir al relato. Porque está herida, porque se siente vencida. Y transmuta así su decepción en ilusión. Tal como lo dijo magistralmente Carlos Pagni en su reciente editorial: “Milei está totalmente fisurado y por eso ganó, porque la gente está igual”. Lo que nos recuerda la sabia simpleza de los refranes populares: “Nunca falta un roto para un descosido”.

 

En magníficos párrafos Ernesto Sábato reflexionaba: “Los desesperanzados se reclutan entre los ex esperanzados. Porque para ser un desesperanzado es necesario haber tenido antes alguna esperanza y, luego, haberla perdido”. Y, curiosamente, agregaba Sábato, “los desesperanzados, de tanto en tanto, necesitan volver a renovar su esperanza. Tal vez por aquello de que (¡menos mal!) la ilusión es lo que ultimo que se pierde.

 

Mi profesor de marketing me lo explicó alguna vez en una síntesis magistral: El marketing es el arte de propiciar el encuentro entre la oferta y la demanda. En términos psicológicos, la oferta equivale a la promesa. Y la demanda a la ilusión. Y agregaba que, en esencia, no hay una diferencia estructural entre vender, seducir y hacer política: todas son variantes de propiciar ese encuentro entre promesa e ilusión. Entre alguien que quiere querer y alguien que ofrece lo que aquel quiere.

 

En mis cursos de liderazgo político lo tomo como punto de partida: “Sin promesa, no hay campaña”. Porque si el candidato no es capaz de tocar en el votante algo del orden de la ilusión, entonces no habrá voto. Las ilusiones pueden ser muchas y variadas. Pero todas derivan de una fundamental: el deseo legítimo de aspirar a una vida mejor. Lo demás son detalles. En marketing, por ejemplo, se tratan las “razones para creer”. Porque sin razones para creer, sin argumentos de verosimilitud, las promesas se tornan esotéricas. En cambio, con el ropaje argumental del qué, el cómo, el cuándo, el para qué y el con qué, las promesas se transforman en propuestas. Y Milei formuló sus propuestas. Marcando el pulso y la agenda de la campaña.

 

Una última versión: La Mileimanía, o de la política en clave de rockstar:

 

Suele decirse que Milei es como un rockstar: la gente se le acerca, se aglomera para verlo, para tocarlo, para pedirle una selfie. No es causal que Milei deba andar con guardaespaldas. Como los rockstars. Porque las pasiones de los fanáticos pueden desbordarse.

 

Quizás resulte abusivo decir que la idolatría es una experiencia religiosa. Cambiemos entonces la proposición operativa:

 

“Javier Milei es un personaje. Como un rockstar. Como un ídolo deportivo”.

 

Sus seguidores entonces se comportan con “pasión tribunera”. Con el entusiasmo envolvente de ser uno con la cofradía. Sea la de los fans, sea la de la hinchada, lo cierto es que la idolatría se alimenta de puestas en escena, de rituales, de emblemas, de lemas. ¡Viva la libertad carajo! Y los aprendices de leones rugen.

 

El festejo del domingo 13 de agosto en el bunker de Milei trasmitía esa esencia. Alegría desbordante, bailes, música, movimiento. Semejaba a los rituales celebratorios, allá lejos y hace tiempo, donde abundaban los globos amarillos y los bailecitos exultantes. O a los actos de Cristina, saturados de mística y aplausos. Ya lo sabemos. Sin cánticos no hay hinchada. Y sin hinchada no hay partido.

 

Me tocó ser de una generación cercana a la Beatlemanía. Aunque era un niño, alcanzaba a intuir la naturaleza y dimensión del fenómeno. Gritos, histerias, emulación, veneración. La Beatlemanía, como tantos otros fenómenos sociales masivos, se propagó por el mundo. Y cambió la juventud para siempre.

 

Por cierto, Milei no es Lennon ni McCartney. Tampoco Messi ni “El Dibu”. Pero su onda expansiva tiñó de violeta el mapa argentino. No es poco. Su viralidad fue capilar, no concentrada. Llegó a las grandes urbes, a los pequeños pueblos y a los ignotos barrios. Y no se sabe en qué momento de su ciclo de propagación se encuentra. Por eso es difícil determinar el potencial probable entre su piso y su techo.

 

 

Una de arena

 

En “La Creatividad, el genio y otros mitos”, el psicólogo Robert Weinsberg se refiere a un curioso fenómeno al que no bautizó, pero cabría denominar “el punto de inflexión de las virtudes”.

 

Traducido a lo simple, refiere al hecho de que algunas virtudes (si no todas) esconden una especie de lado B. La misma razón que las constituye como tales, puede transformarlas en lo contrario.

 

Así, ejemplifica Weismberg, la misma cosmovisión de un universo ordenado y determinístico que condujo a Einstein a formular la teoría de la relatividad, le impidió aceptar la mecánica cuántica, el otro gran descubrimiento de la física decimonónica. Porque Einstein no podía concebir un universo con leyes probabilísticas y azarosas. Chocaba con su espíritu.

 

Así, en su lado “A”, hoy por hoy el más conocido y admirado, Milei es una especie de revolucionario del bien que viene a liberarnos del yugo de una casta perversa, opresiva y esclavizante. Pero, en su lado “B”, Milei siempre parece al borde de transformarse en un “loquito incendiario”, en “Un delirante trasnochado”.

 

Cuando Milei juega al villano querible y tacha ministerio tras ministerio, la tribuna lo festeja y aplaude a carcajadas (acaso imaginándolo con la motosierra). Pero cuando Milei se descontrola y agrede vociferando como un desaforado, resulta más patético que simpático.

 

Cundo Milei denuncia las trapisondas de la casta que lo quiere desbancar porque le tiene miedo, parece creíble y verosímil. Pero cuando sentencia con certeza que detrás del episodio poco feliz que padeció en el acto de la AMIA, está “la gente de Bullrich”, no parece un lúcido lector de la política, sino más bien un paranoide descarriado que teje teorías conspirativas ante cualquier adversidad.

 

A veces Milei es un “loco lindo”, una especie de genio con la personalidad desopilante de un Federico Peralta Ramos, aquel talento simpático que supo brillar junto a Tato Bores. Pero a veces no parece simpático, sino apenas un “payaso” que causa menos gracia que vergüenza ajena.

 

Cuando expone con solvencia las ideas de Hayeck o las paradojas de la omnisciencia que habría que invocar para determinar a priori el precio de un producto, Milei parece una mente brillante. Pero cuando fuerza sus argumentos libertarios (al responder a un Grabois que lo interpelaba con razón) para terminar sosteniendo la legitimidad del comercio de órganos; Milei deja de ser un académico brillante, para convertirse en un negador caprichoso que defiende absurdos epistemológicamente injustificables y moralmente reprochables.

 

Y así, podrían agregarse múltiples versiones de la misma dualidad. Como el yin y el yang. O como el colesterol bueno y el malo. Milei es, claramente, un político bifronte.

 

Un viejo amigo lo decía con meridiana claridad, en referencia a una persona exaltada capaz de “saltar como leche hervida” cuando se sentía “tocada” en su integridad o narcisismo personales: “Lo tocás y patea”. Como cuando se mete en dedo en el enchufe.

 

Es obvio que, a veces, Milei no controla sus emociones y, por ende, sucumbe a sus impulsos. Diego Maradona lo habría dicho sin anestesia: “A Milei se le escapa la tortuga”. Pero lo que no es tan obvio es que lo que parece desencadenar su desenfreno es cuando se siente tocado en su ego, en su narcicismo inflado. Y esto es lo que lo hace especialmente vulnerable.

 

En “Voces”, esa magistral obra sobre la existencia humana su autor, Antonio Porchia, aquel poeta sabio de las frases cortas y la reflexión profunda; lo dijo con contundencia: “Quién hace un paraíso de su pan, de su hambre hará un infierno”.

 

Dime de qué alardeas y te diré de qué careces. La fortaleza personal de Milei parece estar edificada sobre su saber económico. Milei se autopercibe como un sabio en economía. Pero el ego de Milei semeja más a un narcisismo construido por compensación que a una auténtica convicción que brotara de lo profundo de su ser. Y eso lo hace vulnerable. Porque Milei es tan sensible como dependiente del festejo de la tribuna. Pero se pone nervioso cuando alguien lo cuestiona. Para Milei, quien cuestiona su idea le cuestiona su Ser. Y ese es talón de Aquiles.

 

A Milei le gusta repartir epítetos salvajes a sus adversarios: “burro”, “ignorante”, “colectivista aberrante”, “zurdo de mierda”. Pero lo pasa mal cuando alguien osa cuestionarlo. A Milei lo tocás y patea.

 

Cuando el maestro de la entrevista Luis Novaresio le pregunto a la brillante Mayra Arena; “Por ahí entra Milei, ¿qué le decís?” Mayra respondió con un dejo de ternura: ¡“Le daría una chocolatada”! Porque “Milei, en el fondo, es como un chico”; agregó. Un “chico frágil” diría Carlos Pagni. Un ego impostado, expresado en clave de autosuficiencia maníaca, pero que esconde aquel ser fisurado que reveló Pagni.

 

El psicólogo Alfred Adler, ya lo expresó certeramente en su clásica tesis sobre sobre la compensación psicológica: la lucha del ser humano radica en los sucesivos intentos de superar un sentimiento de inferioridad preliminar real o imaginaria (v.g. nacemos desvalidos y dependientes de otros para sobrevivir) y se logra a partir de la «compensación», en la cual nos fijamos metas para superar nuestra adversidad. Pero cuando la compensación no se logra a tiempo, agrega Adler, podemos caer prisioneros de un complejo de inferioridad. Y para paliarlo, a veces podemos incurrir en su contrario: el complejo de superioridad. Donde se exageran los logros y se edifica la fortaleza de un ego formidable, pero asentado sobre las arenas movedizas de la insuficiencia.

 

Porque quizás el ego ampuloso no aspira finalmente a querer sentirse más que los demás, sino tan solo a no querer sentirse menos que nadie.

 

Un buen técnico de boxeo lo sabe: hay que estudiar al rival para anticipar cuándo bajará la guardia. Toda fortaleza puede encubrir una profunda debilidad. ¿Qué pasaría si en el fragor de un debate que están viendo millones de votantes, Patricia, Sergio o Myriam Bregman le dijeran a Milei, que es él el burro, el ignorante, el que no sabe ¿Le bajarían la guardia? ¿Le harían soltar la cadena del control?, ¿Lo pondrían groggy? Porque a Milei “Lo tocás y patea”. Quizás.

 

Entonces, llegado el caso, un frío intenso podría helar la sangre de quien asiste al debate, ¿Y si Milei “se saca” durante una reunión de gabinete, o en un cónclave de gobernadores o en una cumbre internacional de presidentes?

 

Milei juega a ser un político formidable que alcanza a ver lo que nadie puede: la estructura de la economía. Como el Profesor John Nash, inmortalizado en el film “Una mente brillante, Javier Milei parece ser el único político capaz de divisar los patrones ocultos de la economía que nadie es capaz de percibir.

 

¿Quién será el verdadero Milei? ¿El genio o el loco? ¿Quién nos podría salvar y conducirnos hacia el maná de la abundancia y la riqueza económica?, ¿O el que nos llevará más temprano que tarde a un escalón más abajo en el largo camino de la decadencia?

 

Javier Milei nos invita a tirarnos a la formidable pileta de la Libertad. Pero tenemos el atendible temor de que quizás no haya agua.

 

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